En 1936, a una niña de tres años le regalan un montoncito rojo y, con él, el único tesoro que nadie podría quitarle: un compás de flamenco que palpitaba en las entrañas de su cuerpecito mientras la Guerra Civil detonaba a kilómetros. Ella aprende a taconear el suelo como un tambor de guerra contra el miedo.
A los trece años comenzó como artista del flamenco, entre aplausos y taconeos, en una España de posguerra.
En 1958, Adelaida se casa tras un noviazgo de ilusiones que más tarde se transformaría en dolor y en abandonos ocasionales del lecho matrimonial por parte de su esposo. Ella asume el mayor peso de sus diez partos, pero no sin dar todo su amor y abrigo a sus hijos.
El flamenco fue su espada de guerra. Llegaba de madrugada para arropar a sus hijos con un beso y, descalza, hacía las tareas de la casa sin despertarlos.
A su esposo lo destinan a Venezuela y, junto a su familia, Adelaida cruza el océano Atlántico. Nueva tierra donde exporta su arte en academias que abría y cerraba entre las penalidades del recorrido, hasta alcanzar las ciudades de Maracay y Valencia, lugar donde tuvo éxito su academia y nace el Cuadro Flamenco de los Duendes de Sevilla.
Vuelve a España a la edad de 68 años. Una España diferente, pero segura y pacífica.
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