Con el concepto de un casete, Ciento Veinte Minutos se divide en dos lados.
En el Lado A, el amor es un tránsito obligado que evidencia su naturaleza contradictoria y refleja nuestra condición interior. En el Lado B, se construye un cuerpo poético que se reafirma en el testimonio de la pérdida de esa otra parte de nosotros, inasible e inabarcable.
Así, la escritura de Soriano se sostiene en una intimidad refractante, en versos como señales, como mensajes en botellas destinados a un ausente que no sabemos si los encontrará, y eso no importa: esta ausencia se ha transfigurado en otra condición, la de transformar esa árida realidad en palabras que nombran lo que ya no es. Y así, aunque suene paradójico, se nos abre un jardín secreto, un corazón: pájaro rojo que tiene dos lados o dos espejos que multiplican infinitamente su reflejo, condición necesaria en una poesía que, en 120 minutos, está destinada a perdurar.
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