El Apocalipsis de San Juan ha atraído y fascinado en todas las épocas tanto a creyentes como a no creyentes, al tiempo que ha desconcertado a muchos por sus códigos simbólicos, sus personajes, sus plagas y sus visiones, a veces inverosímiles. Fascinación y vértigo es lo que sentía ante el Apocalipsis Dionisio de Alejandría, tal como se dice en la Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea. Mas, a medida que se avanza en su lectura y estudio, el libro de San Juan se vuelve reconocible y familiar. El APOCALIPSIS III. BABILONIA Y JERUSALÉN III. Dos ciudades antagónicas( Ap 16- 22) es el título de este mi tercer y último libro sobre el Apocalipsis de San Juan. La Biblia presenta el cuadro de una oposición dialéctica entre Jerusalén y Babilonia, entre la ciudad de Dios y la ciudad del mundo, la de la revelación y la del pecado. El autor del Apocalipsis ha hecho de las dos ciudades una síntesis, al presentarlas como ciudades antitéticas. Babilonia es “la madre de las prostitutas y de las abominaciones de la tierra”17,5 y Jerusalén aparece como “la esposa del cordero”( 20,9). Babilonia y Jerusalén son tipos de dos sociedades antagónicas. Ellas marcan dos destinos irreconciliables en los que no caben componendas. Babilonia es la ciudad pagana por excelencia, que en un momento se llamará Tiro, en otro Egipto y en otro Roma, ya que sus elementos se van repitiendo a través de la historia de los hombres. Ella fue, era y será el símbolo del orgullo, de la idolatría, de la rebelión, del poder y de la confianza en sí misma. Jerusalén es, por el contrario, la ciudad religiosa por excelencia: Aquella en la que se honra a Dios y a su imagen el hombre. Aquella en la que el hombre es cada vez más hombre y por ello cada vez más imagen del que lo formó a su imagen y semejanza de Él. Babilonia y Jerusalén serán dos ciudades tipológicas, modelos y paradigmas de dos sociedades diversas e irreconciliables, porque han nacido además de dos actitudes diferentes. Así lo vislumbró san Agustín en su obra La Ciudad de Dios. “Dos amores fundaron dos ciudades, a saber: La ciudad terrena el amor de sí hasta el desprecio de Dios, y la ciudad celeste el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo”.
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