Vivimos en un mundo en el que cuesta mucho agradecer y sobra prisa por tener más, sin valorar lo que ya está con nosotras. Vivimos en una sociedad marcada por la velocidad y la inmediatez, por las prisas y los «peros».
Nos empujan —y muchas veces nos dejamos llevar— por la necesidad de tener más y, en esa carrera, nos olvidamos de apreciar lo que ya tenemos.
Agradecer se ha vuelto casi un acto de rebeldía.
Mientras el mundo nos dice «corre», el agradecimiento nos dice «mira».
Detenernos a dar las gracias implica frenar, reflexionar y reconocer. Y entiendo que eso, en medio del ruido y de la prisa, cuesta.
Cada vez me doy más cuenta de que, cuando reconocemos lo que tenemos, dejamos de vivir con la sensación de carencia… o, por lo menos, nos acercamos.
El problema no está en querer más, sino en olvidarnos de lo que ya es.
Este libro forma parte de una evolución personal que marca los ritmos de la tristeza, la alegría, la pena y las despedidas. Hablaré de las grietas como un corazón vivo, y es entonces cuando nos haremos la pregunta:
¿Y si las grietas en un corazón no fueran señales de que está roto, sino huellas de todo lo que ha sobrevivido para seguir latiendo?
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