A través de imágenes sugerentes y cargadas de simbolismo, la historia transcurre en un mundo poético y futurista en el que llueven peces y el tiempo queda suspendido entre la tierra y el cielo. Hay un poso de extrañeza que envuelve a los personajes y se pega a los ambientes. El mar siempre presente, el viento emisario, o el doble de la luna: todos símbolos de la transitoriedad y de un mundo que se mece entre dos realidades, al igual que sus personajes. Max, entre el ser y una forma de humanidad más elevada; Sid, entre lo físico y lo virtual; Will, «atrapado en esa hendidura que separa el mundo real del onírico»; Fei, a medio camino entre la vida y la muerte, oyendo el canto de las sirenas; incluso Alex, con su pupila extrasensorial y los planos de comunicación; o Eve, que se abre heridas en la carne y busca la conexión entre pasado y presente. Seis personajes que nos seducen y nos conmueven con reflexiones sobre el amor, la soledad, los límites de la moral, la impermanencia o la búsqueda de identidad.
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