El marxismo no es algo del pasado que desapareció con la disolución de la Unión Soviética, sino que, transformado y centrado en la batalla cultural, sigue presente. El clamoroso fracaso del llamado «socialismo real», es decir, de las políticas llevadas a cabo por los partidos comunistas que llegaron al poder en países como Rusia, Cuba, Camboya o Corea del Norte, ha obligado a los marxistas a camuflarse como demócratas detrás de disfraces como el de «progresistas» o «defensores de la igualdad», pero sus objetivos siguen siendo, en lo esencial, coincidentes con los del comunismo: destrucción del orden y los valores tradicionales y de sus vehículos de transmisión, como son la familia y la religión.
El marxismo ha abandonado los intereses del proletariado y la nacionalización de los bienes de producción para centrarse en el fomento de conflictos culturales y sociales entre diversos colectivos —basándose en diferencias de sexo, raza, religión o renta— lo que explica algo que parece incomprensible y contra natura: la convergencia en algunos objetivos entre el marxismo cultural y el gran capital.
El marxismo ha impregnado el pensamiento de la sociedad moderna que lo ha asumido como algo propio, sin tener conciencia de ello, y esto explica el comportamiento, muchas veces desconcertante, que mantienen hoy día los políticos de izquierdas, e incluso de derechas, y amplios sectores de la burguesía, intelectuales, artistas y muchos representantes del gran capital. El marxismo ortodoxo ha fracasado rotundamente en los planos económico e histórico-profético, y notablemente en el plano político, pero ha triunfado en los planos filosófico y moral, contribuyendo así a la decadencia de Europa, que se manifiesta en la prevalencia del hedonismo y del materialismo, y se constata de forma indiscutible en el suicidio demográfico.
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