Sevilla, 6 de febrero de 1481. Primer auto de fe celebrado en España.
El humo de las piras y el hedor a carne quemada infectan las calles de una ciudad diezmada por la peste. Mientras el prior Alonso de Ojeda y Tomás de Torquemada contemplan cómo su macabra obra cobra vida, entre la multitud que calla y desvía la mirada, se encuentra el arquitecto involuntario de esta barbarie: un joven forzado a vestir el hábito y a servir una tiranía que lo desprecia.
Nuestro anónimo protagonista ha crecido maldiciendo su naturaleza, viviendo con miedo y ocultando un estigma mortal que hoy es cotidiano, pero entonces era letal: la zurdera. Atributo considerado una abominación, un símbolo de herejía y de adoración al maligno, pero un prodigio para la escritura.
Navegando entre judíos condenados, brujas apedreadas, eclesiásticos dominados por vicios ocultos, su crónica cuenta cómo, en los albores de su vida adulta, terminó trazando los renglones de uno de los periodos más sangrientos de la historia: la Inquisición. Una carrera asfixiante donde el único milagro reside en lograr presenciar el alba del día siguiente.
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