Sáhara, recuerdos al trote es un ilusionado paseo en alas del viento sahariano, un continuo otear de horizontes infinitos desde lo alto de un camello.
Cada tranco en este trote de vivas andanzas, cada página, es una romería de la memoria, apoyada a menudo en el báculo de la anotación a pie de obra. De esa obra maestra de la naturaleza tallada con su cincel de siglos, aire y arena. Todo ello en un venturoso vagabundeo por la piel y las entrañas del antiguo Sáhara Español, de un soldado de las últimas quintas forzosas que tuvieron la suerte —bendita suerte— de «arenizar» por allí.
Recibido por los naturales temores a lo lejano e ignoto que precedieron a su llegada, pronto descubre la falta de fundamento de tan encogidos heraldos. Porque lo real, lo asombrosamente cotidiano, fluye con los avatares de su sección a lo largo y ancho del desierto en un patrullar de rutina… en absoluto rutinaria. En absoluto; porque en el Sáhara inmenso todo cabe, menos lo evocado por esa tediosa palabra.
Es su última patrulla en la arena, pues, al llegar a Smara, lo licencian y regresa a la Península. Así, la que en principio fue una estancia temida y pronto se volvió apasionante, sobre dunas ardientes y quemados pedregales, llega a su fin.
Llegado el día, se irá; pero no podía, no debía dejar todo esto atrás… perdido. De algún modo, tenía que perpetuarlo. Así, embargado por la agridulce conciencia de su próxima partida, se enrola de buen grado en otra patrulla paralela, de no menos aliento. Y ahora el campo al trote no es de arena, sino su amable reflejo en el papel. Más o menos como el que en estas páginas podréis vislumbrar.
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