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Una casa en el Quindío

Una casa en el Quindío

José Ventura Aporta Barrios

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Novela coral de corte existencial y trágico-romántico que sigue la trayectoria vital de Salterio, un hombre polifacético y ambiguo que opera en los márgenes de la legalidad. A través de una estructura narrativa compleja, llena de dualidades, viajes y reflexiones filosóficas, la obra explora el libre albedrío frente al determinismo, tejiendo una red de personajes que se entrelazan entre España, Francia y Colombia. Una construcción literaria que mezcla elementos de aventura, ensayo y etopeya para retratar la condición humana y la fatalidad de los actos libres.

ISBN9788491406563
Páginas602
Tamaño170 x 240 cm
FormatoTapa blanda con solapas
Año2018
EditorialGrupo Editorial Círculo Rojo SL
IdiomaEspañol
TemáticaFICCIÓN MODERNA Y CONTEMPORÁNEA
18,70 €

Los precios incluyen IVA

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Ficha técnica

ISBN
9788491406563
Páginas
602
Tamaño
170 x 240 cm
Formato
Tapa blanda con solapas
Año
2018
Idioma
Español
Temática
FICCIÓN MODERNA Y CONTEMPORÁNEA

Acerca del autor

José Ventura Aporta Barrios

osé Ventura Aporta Barrios es, completo, mi nombre. Si no fuera inmodestia daría cuenta somera de mí porque ustedes adviertan a la primera la clase de sujeto que soy y con quién se juegan los cuartos. Nací en 1959 en San Justo de Sanabria y me crié luego en Brime de Urz (Zamora). A los ocho años, a media infancia, abandoné el paraíso para pasar hambre tres años interno en Benavente. De ahí pasé a
Valladolid otros tres, esta vez ahíto, en el mismo régimen. Hijo de madre emigrante, ese verano, en Hamburgo, tuve mi primer trabajo asalariado en una fábrica de sacos. Luego, ya libre, llegué a Valencia. Conocí ciertas estrecheces que no me amilanaron. Estudié en instituto nocturno bachillerato y COU. Al tiempo, anduve de botones en una empresa química; fui ferrallista; operario constructor de ferrocarriles de vía estrecha; vendedor de sprays para zapatos, de bolsas de basura; engrasador de persianas metálicas; limpiacristalero… E inicié, en Arte Dramático, mi formación de actor. Un amor no correspondido con el director, empujó a éste a echarme de la Escuela, y a invitarme a probar otras formas de teatro. Lo hice y las probé. Resultaron maravillosas. Dirigí y actué, y según las veces, también hice guiones y toqué palos diversos a cual más apasionante: pasé la gorra y gané dinero suficiente con tres antorchas en la mano, echando fuego por la boca, y unas cuantas acrobacias. Pulsé, con devoción y
raro éxito, el teatro clásico con Shakespeare y el muy eficaz Tenorio de Zorrilla. Se me vio actuar con otros músicos y actores por todo el oeste de Francia y por media España. Dos cursos de Filología Hispánica, y la asunción definitiva de que la Academia me devuelve (o vomita) siempre a la calle. Me casé como cualquiera, y el no desear arrastrar conmigo a nadie a una vida de estrecheces, me llevó a la pintura mural. Pinté fachadas y deslunados (a la postre, el alambre y el andamio fueron siempre lo mío), naves industriales, casas, pisos y hasta señalética horizontal. Lo pinté todo durante años y fui escribiendo; y vendiendo arte gráfico original; y útiles y maquinaria agrícola; y cursos a distancia; y a producir algún spot televisivo; a vender publicidad y a escribir artículos sobre motor (que qué falta me hacía: mucha) en el diario “Las Provincias”. Luego, la vorágine se aquieta y remansa cuando me hago conductor de altos cargos y me dedico a mover políticos tecnócratas de un destino a otro en coches cargados de kilómetros. Me dedico a conducir y a esperar, como un cazador que acecha.

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