Cecilio Olivero Muñoz
Cecilio Olivero Muñoz, poeta, alias: Capplannetta, 30 de abril de 1974 (Sabadell, Barcelona). Nací en vísperas a la noche de Walpurgis —aquelarre acaecido en las montañas Harz, en la Selva Negra alemana—. Libros publicados: El grito del arlequín (1999) Ed. Amarantos; Rima-Pop (cancionero) (2018) Ed. Senzala; Media foto de los dos (2018) Ed. Senzala; Media foto de los dos (2024) Vitruvio Ediciones; Cibernética esperanza (2021) aumentada y corregida, Ed. Vitruvio; Poemas con nocturnidad (2020) ED. Vitruvio. Prosimetrap (2023) ED. Universo de Letras; Aftertrap House (2023) ED. Universo de letras; Poemas de asfalto y velocidad (2026) ED. Universo de letras; La última versión de nosotros (2026) ED. Universo de letras; Obra gráfica: Cuaderno de Píxel (2018) Lioolimixturas. Ed. Senzala. Obra de dominio público: Mitómano (show) (2010) PDF; Vivir mientras tanto (2010) PDF; Purpurina (2011) PDF.
Sus libros

Aftertrap House
Es muy difícil escribir bien, no digo nada nuevo. Puedes pasarte veinte años escribiendo y todavía sueles cometer errores. Es difícil escribir, pero es más difícil corregir. Admiro a muchos escritores contemporáneos, también admiro a escritores clásicos y no tan clásicos. No soy muy partidario de leer el canon, aunque, si me apetece, los leo. Un escritor dijo hace unos meses: «Las redes sociales son un calco reflejo de lo que cada uno somos». Ahora diré, no suelo estar activo en ninguna red social. Soy expansivo como una explosión a la nitroglicerina. Ando disperso entre lo que sueño y la sed que tengo de gente buena. Pero cada vez que tropiezo con alguien bueno lo dejo marchar y sigo en mi soledad apacible, hasta que me atrapa la angustia existencial. Los escritores son gente inteligente, inquieta en conocimientos, avezados lectores, de amplia cultura. Yo soy todo lo contrario. Los adjetivos que he usado quizá sean exagerados, pero, conforme va pasando el tiempo, me voy dando cuenta de que escribir es lo mío. Ya que he conocido escritores que ya han dejado montones de historias redondas y zanjadas. Han creado personajes carismáticos, han dado con las teclas necesarias para contar una historia con verosimilitud. Estoy muy cansado, pero no quiero perder afición lectora. Escribiré en mis blogs y para Nevando en la Guinea. Pero debo dejar claro que este oficio no es el mío. Puedo escribir como aficionado, o levantándome un palmo la moral y el ego, decir que soy amateur. Eso es lo que soy. Siempre he tratado de no hablar mal de nadie, pero ha sido como predicar en el desierto. Este noble arte de escribir necesita gente preparada. Es inútil escribir desde el ostracismo y la élite de escritores que triunfan.

La última versión de nosotros
En La última versión de nosotros, Capplannetta construye un largo monólogo poético y reflexivo donde identidad, memoria, tecnología y conciencia se entrelazan en una búsqueda íntima por comprender qué significa ser humano en el siglo XXI. El texto avanza como un hipertexto emocional: fragmentos de pensamiento, confesiones, advertencias, recuerdos familiares y pulsiones amorosas se suceden sin jerarquía aparente, imitando el flujo mental de una mente atravesada por el ruido del mundo contemporáneo. Entre referencias a generaciones, algoritmos, números de Dunbar y la presencia constante de la inteligencia artificial, el narrador contrapone el avance tecnológico con la fragilidad del alma, el peso de la deuda vital, la salud mental, la soledad y el amor como último reducto de sentido. La figura de los padres, la culpa, la dignidad, la enfermedad, el deseo y la necesidad de afecto aparecen como anclajes frente a la deshumanización y la sobreestimulación exterior. Más que una narración lineal, el libro es un mapa interior: un testimonio lírico donde la voz poética intenta rescatar su autenticidad frente a la sugestión, el miedo y la impostura. En ese trayecto, se plantea una pregunta central: cómo llegar a ser la mejor versión de uno mismo cuando el mundo empuja, distrae y fragmenta. Una obra intensa, confesional y filosófica que convierte el ruido mental en materia poética.

Poemas de asfalto y velocidad
Le pregunto a los coches que pasan por mi calle si han visto mi corazón de piedra en alguna tasca del barrio, en esas donde no saben de mis restos, ni de mis lúgubres te quieros, ni de mis solares te amos. Les pregunto: —¿y si yo pusiera con rocas del mar eterno un espigón de acero por el que quebrantar entera la esperanza, mi esperanza, la de ellos? ¿Qué más me pasaría si todo es un un roce abrupto que me despedaza, que me fulmina, como un rayo de alegría boba? ¿Por qué me aliena la vida de los samaritanos heridos si yo he sido el más samaritano de los borregos? Si yo pusiera nombre a todas las calles que recuerdo, ¿por qué no me encuentran ahora en la toponimia infinita de los cielos nublados? Aquellos que es predecible la lluvia dentro de los pensamientos negruzcos. ¿Por qué no me reconoce el amor de los que me vieron con los ojos cerrados? ¿Por qué me acusan ahora de lo que antes no era? ¿Por qué me encadeno a todas las tablets del mundo? ¿Por qué tu libertad no es la mía? ¿Por qué me anudo a los trenes cercanos a la tierra? ¿Por qué doy palos de ciego y ya no noto la presencia de nadie? No se me quita la lombriz eterna que se hace y se deshace de cuevas de barro sin esperanza. Eyaculo tu nombre en los espacios comunes del tiempo. Me siento atenazado en la ebria sed de mis suspiros. En el soliloquio efímero de los romanceros.
