J. L. S. Aguirre
Sus libros

La reconstrucción de Raquel
Hace ya tiempo, cuando yo comenzaba a asimilar mis primeras experiencias, y en un ambiente similar al mío, aparecía en mi escena una chiquita que, más tarde, agobiada por ese ambiente que creía no suyo, pretendiera volar sin apenas saber andar.
Aquel ambiente rural, donde no había sitio para las inquietudes ni los sueños, donde el camino a seguir estaba trazado de antemano, donde unos padres «normales», como todos, planeaban, planificaban el futuro de un hijo, o de una hija.
Aquel ambiente, decía, iba a mantener, a sacar adelante, una extraña, ajena y rebelde, una chica que no aceptaría todo aquello que le tenían reservado.
Esta novela está dedicada a todas las «Raquel» que han existido y que siguen existiendo, a todas aquellas chicas que se han visto en la necesidad de recomponerse, de reconstruirse de forma constante a lo largo de su vida, con mi deseo vehemente de esperanza y mi recuerdo entrañable y amargo para todas ellas.

No quiero hacerme vieja
Los ancianos constituyen un grupo al que nadie pertenece; desde luego, al que nadie quiere pertenecer.
Porque está tan mal considerado, tan mal visto, que todo el mundo huye de ser asignado al mismo: son viejos con comportamientos infantiles, dependientes, achacosos, enfermos, malhumorados, improductivos, parásitos, una carga económica que perjudica al resto de la sociedad; prescindibles, por tanto, amén de anónimos invisibles, lo cual acentúa su carácter de prescindibles. Forman parte de ese grupo molesto y gravoso que hemos de mantener por decencia.
Para entonces, ya nos hemos olvidado de que esos ancianos nos han dado la vida, nos han cuidado desde que nacimos, nos han apoyado a lo largo de nuestra vida, en el cuidado de nuestros hijos, sus nietos, y también económicamente.
También nos olvidamos de que esos pensionistas tienen derecho a sus pensiones porque han trabajado y cotizado toda su vida, que lo que ahora cotizamos se utiliza para pagar sus pensiones pero que ellos ya lo hicieron para pagar las de «sus» ancianos. Porque así lo hacemos por aquí.
Pero ¿qué hay de nosotros mismos, de nosotras mismas, cuando somos esos ancianos de los que ya nadie quiere saber nada?
Hay, al menos y fundamentalmente, tres formas de envejecer:
La primera, negándose a hacerlo, negándose a ser viejo o vieja, vistiéndose como cualquier joven, acudiendo periódicamente al cirujano para retoques de nariz, barriga o estiramiento de piel, por poner algunos ejemplos.
La segunda, asumiendo como inevitable el drástico cambio, físico y mental, dejándose consumir y dejándose llevar, asociando indefectiblemente vejez y muerte y admitiendo como solución morirse cuanto antes.
La tercera, asumir que el envejecimiento es una etapa más de la vida, una etapa en la que también hemos de seguir cuidándonos, respetándonos como personas. En la que podemos y debemos sacar provecho a nuestras inquietudes y deseos, a nuestras capacidades y anhelos.
¿Cuál seguirás tú?
