José María Martín Ahumada
Sus libros

La mano afortunada
Por su temática, sus voces solistas sostenidas por un bajo continuo en obstinato y estructura en cuatro movimientos sinfónicos, La mano afortunada aspira a ser una pieza musical. De los tres monólogos y el diálogo que conforman la obra, quien habla es el falso protagonista de su discurso. Cada palabra está presa, es atraída y está impulsada por una fuerza gravitatoria tan irresistible, grave y presente como insidiosa. Entretejido en el discurso de cada uno están los ausentes, que son los auténticos protagonistas de esta novela aunque no se les escuche una palabra: en el primer movimiento, el padre de quien va a ser padre personificado en quien engendró el genio de Wolfgang Amadeus Mozart, el injustamente vilipendiado Leopold; en el segundo, la profesora de violín y un padre que se adentra en el océano para recuperar a su esposa perdida; en el tercero, el difunto hijo del molesto entrometido; en el cuarto, una madre cuya felicidad depende de que su hijo venza timideces y propicie un juego de seducciones e infidelidades. Y todos ellos, cada cual a su enrevesada manera, luchando por hacerse con una voz propia que les sea fiel: esa voz que es tan suya como esquiva. Y para finalizar, los inevitables bises. Porque un concierto sin bises no ha sido un buen concierto.

El aniquilador de veladas perfectas y otros relatos
Estos diez relatos están protagonizados por niños cuya genialidad les lleva a recomponer a un padre descompuesto por la muerte y fracasar, y por niños que se libran de su dolor endosándoselo a su gemelo, exista o no; por empresas que prometen vidas imperfectas y venden decepciones en su justa dosis; por escurridizos hombres-calamar que se esconden tras espesas nubes de palabras; por violinistas que, descreídos del virtuosismo, se empeñan en ser virtuosos de la mediocridad; por borrachos que al despertarse olvidan que esa mañana y la resaca que les atormenta son un regalo, el de un inesperado comienzo; por sombras que se creen personas y se extrañan de desaparecer cuando la claridad del amanecer los disuelve; por pequeños defectos físicos que reflejan el verdadero rostro y al corregirse se pierde uno a sí mismo; por extraños que dejan de serlo paseando al atardecer por el puerto y, en vez de arrojarse uno en brazos del otro, se atrincheran en su extrañeza; por turistas aburridos que distraen su mezquindad siguiendo a falaces aristócratas que les demostrarán que los risibles son siempre los perseguidores; y, de propina, un memorioso ejercicio literario al estilo del propuesto por Joe Brainard y Georges Perec, ideal para recuperar el pasado y descubrirse, o ficcionalizarlo y descubrirse también, o mentirse e inventar un pasado y ser otro, que en algunos casos viene a ser todo lo mismo.

Sobre ciudades que enloquecen por puentes basculantes
Esta novela versa sobre las distintas estrategias que desarrolla una ciudad para influir sobre sus habitantes y así encontrarse a sí misma, ejercicio que obligatoriamente pasa por instilarse en intimidades ajenas hasta volver indiscernibles la ciudad objetiva y la íntima, empeñándose en barajar sus calles, plazas y edificios con las ideas y vísceras de quienes las habitan. El subtítulo hace referencia a la extensión espiritual de una ciudad mediterránea que no se nombra, no porque sea un territorio abstracto o una ciudad costera genérica que podría ser cualquiera, al contrario, su ubicación es precisa y su singular realidad, incontestable, sino porque el nombre que tiene no le sirve y el que se ajusta a su naturaleza todavía lo desconoce. Esa ciudad descubre otra, con una historia y un presente que le son extraños, y esa extrañeza la está desvirtuando dolorosamente. Un nombre que la identifique es lo que persigue, pues su dinámica naturaleza ha dejado obsoleto el último y más longevo. El nuevo se lo revelará aquello que la conforma y vivifica, que no son sus elementos arquitectónicos, ni su geografía, ni su historia, ni su clima, ni su bonanza económica, sino sus habitantes, con uno destacado del resto, Bruno. Compuesta por fragmentos a modo de calles y callejuelas, paseos y avenidas, importa poco cómo se recorra esta novela, si guiándose por el índice o al azar, pues, como quería Walter Benjamin, lo importante al pasear por una ciudad no es saber orientarse, sino aprender a perderse como quien se pierde en un bosque. Estos fragmentos funcionan a modo de aquel pasatiempo infantil en el que uniendo una serie de puntos, a primera vista caóticos, se forma una imagen reconocible, en este caso, el rostro de una ciudad tan radicalmente íntima como obligadamente compartida, tan acogedora como cruel, tan propia como extraña, tan onírica como real. Lo que da unidad a la novela no son sus personajes, sino cómo se relacionan con su ciudad, una ciudad que está obligada a madurar a través de unos habitantes que no siempre colaboran ni están a la altura de sus ambiciones, por lo que debe vencer sus apocamientos, cobardías e incurias, recurriendo a enrevesados ardides, entre los que destaca un maquiavélico puente basculante que está inspirado en la serigrafía de 1987, A single prop bridge, del arquitecto utópico ruso Ivan Shalmin. El puente, como ineficaz medida de seguridad, lo armará lejos en otra ciudad hermana, y solo habrá una estrategia válida para cruzarlo: hacerlo en números pares y sincronizadamente por extremos opuestos; de lo contrario, es el abismo lo que nos espera. Ese será el peligroso reto al que se enfrente la ciudad, el auténtico protagonista de la novela.
