Josefa María Cuevas Gutiérrez
Sus libros

Naturaleza ignota
Justo ahora, es decir, una eternidad antes desde que tú y yo vislumbramos que somos viviendo, existe quien nos imaginó haciéndolo, como si tuviéramos dos probabilidades de ser estando en la vibración, divisibles por el tiempo, que es la subasta de todas las veces. Parece obvio, pero lo cierto es que tanto encanto a nuestros pies cautivó al genio original en el éxtasis enamorado del diseño de la verdad revelada en la virginidad del lecho donde gozar descalzos. Las bocanadas del deseo besando la castidad de los poros de las sábanas las sedujeron con el erotismo erosivo de la aspiración, a medida que el tatuaje de sus huellas se excitaba creciendo a través de los pliegues, emotivamente abiertos. Y, entre nosotros, las pupilas de la alcoba del ajuar de Dios nos contaron más lágrimas que episodios de pasión, excepto las hostias para romper el encaje de la desnudez ajustable a la piel, mostrando el interior. Naturaleza ignota es el dormitorio al aire libre de la cita de la noche de bodas con el primer amor, que nos creó desprovistos del attrezzo de vestuario a propósito de entregar el cuerpo, camuflado en la divinidad de su espíritu, al misterio intangible de latir en la infinitud del abrazo dado a la gloria de la fascinación.

CASTILLO DE NAIPES de Josefa
En el interior de un castillo casi kafkiano, dos contrincantes intercambian sonrisas al parpadear (equiláteros ante una baraja de cartas) mientras suscitan —sin querer— el tintineo anacrónico de Ramón Gómez de la Serna. Cada cartulina acurrucada sobre el hipostático tapete trae consigo un pensamiento entrelazándose a otro posterior. Tres relatos cruzan el tablero para esgrimir, imaginariamente, la doble partida de naipes más original de la historia. Como si la voluntad anduviera por las teresianas moradas, ocho inmarcesibles pasadizos sintetizan —entre contrapuestas estrofas— las reglas del juego. Castillo de naipes no es un libro, sino un ensamblaje arquitectónico trascendiendo el ámbito contemporáneo al presuponer, tras la memoria pictórica, ciertas figuras cezannianas que representan el escorzo, a contraluz, de los personajes ficticios cuyos gestos sujetan —mediante una cuadrangular asunción lúdica— cualquier ecuánime expectativa imprevista en el atónito lector.
