Mónica Chamorro Mejía
Sus libros

La carne de Dios
Entre la acción y el velo que esconde el cuerpo replegado se genera la chispa de la contradicción y la sustancia que anima la escritura, por pura necesidad de tamizar la difícil dialéctica. Las fuerzas en disputa son entonces dos de los arquetipos de Jung: el ánima y el animus. La primera, la potencia que se contiene a sí misma por el solo hecho de la existencia de su suelo, del agua y de la tierra, primordial en donde se esconde el germen y la semilla; el alma receptiva que se relaciona con las antiguas nociones védicas de lo femenino. La segunda, la pulsión de lo que se desplaza hacia afuera, a la conquista de los otros y de lo otro, aquello que no puede estabilizarse si no experimenta primero el placer de la recompensa; es lo que se va, lo que abandona, todo movimiento que se genera por la fuerza de atracción, y que bajo el lente junguiano representa lo masculino. Es dentro de esta pugna de fuerzas anímicas que se tejen los poemas de La carne de Dios.

Ajedrez: Napoleón y Josefina
Ajedrez: Napoleón y Josefina resucita los atributos de la novela epistolar con un estilo innovador que pone el acento en las relaciones humanas y en los íntimos motivos de los grandes eventos de la historia. Las misivas van y vienen, llevan y traen mensajes que entretejen una maraña de intrigas eróticas y políticas en ese gran tablero hecho de caos y renovación social que fue la Revolución francesa. De este modo, el joven y desconocido Napoleón y la fascinante y aristocrática Josefina aparecen como simples piezas de un juego que los sobrepasa y los convierte en marionetas, en manipulables títeres, quienes, más que responder a sus propias pasiones, responden a los hilos de la gran política europea de ese momento histórico turbulento que removió los cimientos de Occidente.
