Rolando Amaya Hernández
Rolando Amaya Hernández (Cuba, 37 años) sabe que para que una estructura se mantenga en pie, los cimientos deben ser sólidos, ya sea en una casa o en una novela. Graduado en Trabajo Social y Comunicación Social, emigró a los Países Bajos en 2019 junto a su esposa y sus dos hijas en busca de un nuevo horizonte.
Fue en Cuba donde la necesidad lo llevó a cambiar los libros por las herramientas, reinventándose como carpintero; un oficio que cruzó el océano con él y le permitió fundar su propia empresa de mantenimiento en 2023. Hoy, bilingüe por necesidad (español y holandés) con dominio del inglés, se ha adaptado a su nueva vida en un país diferente al cual a acogido como propio. Rolando tiene la pasión de aplicar la misma precisión del trabajo manual a la literatura: construye sus tramas con paciencia, obsesionado con el arte de mostrar en lugar de contar.
Cuando no está trabajando la madera o escribiendo, se refugia en su otra gran pasión: la lectura.
Soñador incansable, aspira a un futuro donde pueda dedicarse a restaurar autos clásicos americanos, practicar la caza deportiva y encontrar, finalmente, la calma frente al mar.
En sus obras, entrelaza la crudeza de la realidad con la esperanza de la fe, demostrando que, al igual que en la vida, siempre es posible reparar lo que parece roto.
Su libro

El color de la podredumbre. Una novela de la serie: Crónicas de asfalto y sombras
El inspector Thomas Braulio, conocido como «El Escultor de la Ley», es un hombre de fe inquebrantable que intenta tallar un vestigio de orden en el corazón del caos. Su mundo es sacudido por la llegada de la «fantasía rosada», una nueva droga sintética diseñada con un único y diabólico fin: la dependencia absoluta y la subyugación total de la voluntad. Braulio pronto descubre que la droga no es un simple vicio, sino el arma de una oscura conspiración. Es una herramienta para crear un ejército de esclavos, desestabilizar la ciudad y quebrar su economía. La investigación lo lleva a una verdad imposible: la operación involucra a su propia familia y está protegida por las más altas esferas del poder, el Directorio Nacional de Seguridad e Inteligencia (DNSI). Cuando el propio sistema al que ha jurado servir le ordena cerrar los ojos, silenciando su investigación y exiliándolo a la irrelevancia, Braulio se enfrenta a la elección definitiva. Para salvar a su familia y exponer la verdad, el escultor deberá romper sus propias reglas y convertirse en un justiciero. Deberá abandonar la ley para impartir justicia, aunque, en el proceso de cazar a los monstruos, corra el riesgo de convertirse en uno de ellos.
