Santiago Granell
Nací en Terrassa, Barcelona. Por fortuna, viví toda mi infancia y adolescencia en Isil, un pueblecito de los Pirineos catalanes. Allí aprendí a conocer de cerca la naturaleza y me di cuenta de que podía observarla de maneras muy distintas.\r\n Como adulto, me enseñaron a diseccionar una planta: raíz, tallo, hoja, flor…; plantas a las que les ponen nombres en latín para su identificación y que, además, clasifican según sus múltiples características y siguiendo distintos criterios. Igual ocurre con los animales: vertebrados e invertebrados; mamíferos, anfibios, aves, reptiles, insectos…; bautizados con nombres en latín y, de nuevo, distintas clasificaciones según criterios diseñados por la ciencia.\r\n Pero, como niño, descubrí que una flor estornuda cuando el viento la estremece, que la que está a su lado dice «¡Jesús!» y una tercera añade «Vaya, ya te has resfriado»; que un ratón con gafas y una bufanda alrededor del cuello, que lleva el periódico en una mano y en la otra una maleta, se dirige a mí para preguntarme «¿Puede indicarme dónde queda la estación de autobuses?». En ese momento comprendí que estaba capacitado para ver las cosas desde otra perspectiva mucho más rica, que podía interactuar con la naturaleza de una forma más directa y viva, en definitiva, que estaba preparado para escribir cuentos infantiles.
Su libro

El prado de las delicias
En el idílico Prado de las Delicias, la familia de marmotas Redondilla despierta de su hibernación anual para celebrar la llegada de la primavera. A través de la vida cotidiana de Margarita, sus padres y sus hermanos, se despliega una historia que ensalza los valores de la convivencia, la colaboración comunitaria, el trabajo artesanal y la alegría de vivir en armonía con la naturaleza, invitando a los lectores más jóvenes a descubrir las costumbres de esta entrañable sociedad animal.
