Antrim
Sus libros

Los cien hermanos
Donald Antrim pertenece a esa nueva y brillante generación de jóvenes narradores que ha asaltado el escenario literario norteamericano en los años noventa. Su demoledor sentido del humor y un estilo depurado, que revelan una voz absolutamente original, le han convertido ya en su país en un autor casi de culto, pese a su aún escasa obra. Los cien hermanos, su segunda novela, que quedó finalista del prestigioso PEN/Faulkner Award, es una alegoría de la familia, que aquí se manifiesta como una grande y grotesca farsa. Las reuniones familiares suelen oscilar entre la rutina o el bostezo. Sin embargo, el lector asistirá a una velada hilarante encompañía de una megafamilia cuyos peores secretos e inesperadas rarezas saldrán a la luz entre el cóctel inicial y el improvisado partido de fútbol americano que remata la cena. Doug, el narrador, un obsesivo genealogista dedicado a investigar la historia de la familia hasta sus orígenes, que probablemente se remonten a un antiguo monarca demente, es quien convoca, en la deteriorada biblioteca familiar, a sus noventa y nueve hermanos, entre los veinticinco y los noventa y tres años. Como si se diera un cruce entre los hermanos Karamázov y los hermanos Marx, el clima general va acalorándose y, sobre todo, desquiciándose. A medida que la biblioteca se desmorona, el lector va descubriendo que la supuesta locura de esa extraña familia es tan sólo aparente. De hecho, llevada al extremo, es como cualquier otra...

El verificador
Donald Antrim fue una de las revelaciones de las letras norteamericanas en la pasada década, cosechando los elogios de la crítica y el favor del público internacional. Su corrosiva inteligencia ya quedó demostrada en Los cien hermanos (Andanzas 415), y la novela que ahora presentamos no hace sino corroborar ambas condiciones. El verificador es una novela tan seria como traviesa, tan disparatada como rigurosa, que aborda el psicoanálisis y el sexo, la vida personal y la profesional mientras derriba viejos tópicos y erige otros nuevos. Tom, el narrador, es un psicoterapeuta aparentemente bien analizado que, durante una larga cena a base de panqueques y sirope, se funde en un abrazo con Bernhardt, la figura paterna del grupo. Bernhardt tan sólo quiere evitar que Tom empiece a tirarle comida a los demás, pero el resultado es desastroso. Tom sufre una experiencia extracorporal y flota hasta el techo del restaurante, desde donde se observa a sí mismo y a sus amigos. Durante el transcurso de la noche verá, con sus propios ojos, cómo se despliegan, cuestionan y deshacen sus amistades, su matrimonio e incluso su identidad profesional.
