Evelio
Sus libros

Los almuerzos
Toda «iglesia que se respete ostenta su jorobado», dice el narrador de Los almuerzos. Y así ocurre en una parroquia de Bogotá dedicada en apariencia a dar de comer a los necesitados, donde el jorobado Tancredo se encarga de supervisar rutinariamente los almuerzos que se ofrecen a diario. El jueves es el día más concurrido: acuden invariablemente ancianos, dementes y miserables. Pero, por una vez, todo se remueve en la iglesia. Tancredo no quiere resignarse con su suerte y corteja a Sabina, la libidinosa ahijada del sacristán. En ausencia del padre Almida, que tiene una reunión importante con los benefactores, aparece un nuevo reverendo, Matamoros, misacantano borracho y descreído que pondrá patas arribas el sutil reparto de papeles de cuantos pululan por las dependencias: desde el oscuro sacristán Celeste Machado hasta las tres Lilias, tres ancianas que se encargan de los servicios domésticos de la parroquia.

La carroza de Bolívar
En apariencia, el doctor Justo Pastor Proceso lo tiene todo para sentirse afortunado: es ginecólogo en Pasto, una pequeña ciudad al sur de Colombia, tiene dos residencias, una mujer atractiva, una hija pequeña y otra adolescente, y una afición para sus ratos libres: investigar la verdadera historia de Simón Bolívar. Pero los enredos en los que se ve envuelto a raíz de la fiesta de los Inocentes y los desfiles carnavalescos del año 1966 hacen caer las falsas apariencias, y el sorprendido doctor Justo Pastor Proceso asume que en realidad su mujer se burla de el, sus hijas no le tienen demasiado en cuenta, y sus amigos se aprovechan. Cuando el cacique local la emprende a tiros contra los artesanos que preparaban una carroza burlesca, al doctor se le ocurre aprovecharla para que el grupo escultórico muestre en su lugar la catadura histórica del libertador Bolívar. El vodevil da paso a la farsa y la farsa a un peligro real y una amenaza fatídica. En la Colombia de los años sesenta, todos prefieren vivir en falso antes de cuestionar los mitos fundacionales.

Plegaria por un Papa envenenado
Una brillante novela que gira en torno al misterio que rodeó la muerte de Juan Pablo I. El 26 de agosto de 1978, Albino Luciani, que sólo 33 días antes había asumido el pontifi cado con el nombre de Juan Pablo I, apareció muerto en sus dependencias del Vaticano. La víspera de su muerte, Luciani había mostrado a su secretario la lista de obispos y cardenales que debían ser destituidos de inmediato. Esta brillantísima recreación literaria nos acerca a un Papa que, de manera visionaria, se propuso con mano fi rme atajar los males endémicos de la Iglesia. Así, el lector asistirá a su enfrentamiento con el poderoso obispo Marcinkus, director del banco del Vaticano, y sabrá cómo la jerarquía eclesiástica decidió aplicar la «solución siciliana» para quitarse de en medio a un Papa muy incómodo.

Toño Ciruelo
Un descenso a los infiernos que involucra al lector desde la primera página.Si hay algo que distingue al asesino es su entorno, quienes le rodean. Y para saber más sobre Toño Ciruelo, la indagación debe empezar desde la raíz, la infancia y juventud, el colegio y la universidad, el trabajo, los hechos nimios y complejos que configuran el rostro del monstruo, su proceso particular, porque ningún asesino es idéntico a otro. Gracias a una exploración intestina encarnada en Eri Salgado, asistimos al despojamiento progresivo de las caras que adopta el asesino, hasta mostrar su última y definitiva cara, la de sus víctimas. Un descenso al centro del mal que absorbe al lector y lo involucra ineludiblemente, pero al mismo tiempo un ascenso hasta la cima literaria que reafirma la rotunda maestría de Evelio Rosero.

Cuentos completos
Los cuentos de Evelio Rosero conforman una radiografía social y psicológica de Colombia, especialmente del entorno urbano. Poéticos, de un romántico lirismo, recogen la preocupación del autor por temas como el paso del tiempo, el amor, la muerte, la más pura fantasía, la lujuria… Pero también pueden adoptar la forma de un sueño, de uno que transmute en pesadilla y que persiga al que duerme hasta hacerlo caer rendido entre convulsiones epilépticas. Rosero aplica su mirada aguda —y a veces desencantada— cuando retrata los hábitos de una sociedad corrompida y caduca, en ocasiones despiadadamente violenta, o hace volar la imaginación cuando la poesía toma la página y deja al lector deslumbrado.
