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Fausto Del Castillo Esteban

Fausto del Castillo Esteban
Hace tiempo, tomé la decisión de escribir, pero no recuerdo cuándo.
Escribir y no caer en el tedio de la holganza es esencial para no ser presa del aburrimiento.
TÍTULOS DEL AUTOR
— Novelas —
Brasa y ceniza de un ángel
El párroco y María
La cruz de caldas
Ela y el viejo

Sus libros

Ela y el viejo

Ela y el viejo

FICCIÓN MODERNA Y CONTEMPORÁNEA112 pág.ISBN 9788413389745

Manuela es una chica normal, trabajadora, guapa, joven y soltera. Ciertas circunstancias la hacen caer en un idilio, porque un varón senil, culto, con experiencia, somete su corazón y su cerebro, aun sabiendo el veterano de la vida que el amor terreno y el divino son polos inalcanzables. Ella los alcanza, una vez casada. El amor terreno no olvida el amor divino que practica con su marido, que como padre paternal o abuelo —si cabe por la apariencia—, a pesar de la distancia de años que los separan, en comunión viven una felicidad que muy pocos alcanzan. Pero el desenlace no se puede contar, hay que leerlo y meterse al mismo tiempo en los sentimientos de los personajes.

El párroco y María

El párroco y María

FICCIÓN MODERNA Y CONTEMPORÁNEA176 pág.ISBN 9788413631158

Daniel entra en el seno de la Iglesia a la edad de trece años. El seminario es su mundo; lo único que conoce. La enseñanza recibida por sus profesores teólogos es para tenerle prendido a la mano de Dios, y que este lo conduzca por la vereda de la salvación. Es el bagaje recibido por sus estudios y que porta con alegría, obviando que hay otro mundo exterior que, aun sabiéndolo, no quiere experimentar. En plena juventud, es párroco de la primera iglesia encomendada, vive por y para ella; su negra indumentaria es su refugio para cumplir sus votos de sumisión y su dedicación plena al servicio de sus feligreses. Es un alma de Dios, vive para favorecer a los demás y eso le hace cómplice del cielo. Pero en las clases evangélicas que imparte, una joven que acaba de abandonar la grácil adolescencia queda prendada de la voz y de las facciones del párroco. La delicada mirada de la joven perturba a Daniel, y este, sin razonarlo, ve en su imagen la virginidad, el pudor, la castidad, y empieza a sentir hacia ella un embrujo celestial —la compara con la inmaculada Madonna—; la idealiza, la pone sobre un pedestal transparente sin mácula nimbada de pureza; casi la venera. Extrañas sensaciones producen en el párroco una atracción hacia ella. María no conoce el mundo por su inexperta juventud, pero palpita en su presencia; él se inhibe por su impuesta clausura. Entre ellos se desarrolla un embrión de pureza que va tomando forma. El diablo intenta doblegar sus debilidades, pero a pesar de su poder para inducir a pecar, no lo consigue. Daniel empieza a sentir una lucha; una batalla interior entre la esencia del espíritu y la debilidad de la carne. Su constante entrega a los demás es una buena maleta para el último viaje. Sabe que muchos santos han caído en el abismo del placer, pero Dios, en su amor a la humanidad, los perdona y los juzga por sus actos y no por esos momentos de complacencia que la naturaleza regala, para poder paliar el penitente paso que entre luces y sombras se encauza la vida. Daniel y María viven inmersos en un amor conventual, temiendo ambos que se abran las puertas que clausuran sus sentimientos. Pasará mucho tiempo para llegar a sincerarse. Dicen los salmos que solo los puros y exentos de maldad heredarán la tierra y vivirán eternamente en ella; aunque la pureza es difícil de comprender y sobre todo de transmitir, por no decir imposible. Los acontecimientos son impredecibles. Vistiendo la sotana del siervo de Dios se puede comprender y sentir la indeleble sumisión a su ministerio, y levantarse de sus caídas y enderezarse de nuevo para no perder el «Camino»; el que constantemente Dios le va trazando.

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La cruz de Caldas

La cruz de Caldas

RELIGIÓN Y CREENCIAS104 pág.ISBN 9788413744940

Cruz Vázquez, militar español, siglo XVI. Buscando la aventura de descubrir territorios para la Corona, se embarca con un puñado de hombres en busca de la suerte, o de la muerte; enrola una tropa de indigen-tes que huyen de la miseria, del hambre; mal nutridos y mal abrigados; sin horizonte. Confían en su capitán y se lanzan a la aventura; huyen de su patria —ausentes de futuro—, sabiendo que no volverán jamás. Con ese puñado de hombres conquista un territorio de densa población, regido por un gobernante indígena, que, a base de brujerías y pócimas de frutos extraños de la selva, controla las mentes de su pueblo sometido, el cual lo adora, defiende y da su vida por él, porque reciben la gran prebenda de vivir custodiados por un rey que les promete constantemente un futuro de bienestar y de paz. Respetando al nativo, pero también echando un pulso contra él si no admite el poder de sus armas, aceptan la hospitalidad y el intercambio de regalos. Nadie se fía de nadie, y terminan cayendo en una feroz lucha, donde Vázquez y tan solo cincuenta hombres someten al pueblo después de deshacerse de ese gobernante brujo, que, faltándoles, se sienten desprotegidos y se entregan al poder del victorioso invasor. Grandes tesoros descubren en subterráneas minas de la selva, que envían al monarca espa-ñol, y este le premia con gratitud, porque con ello puede sufragar las guerras, dar oxígeno al empobrecido pueblo —asfixiado de impuestos por los inmensos gastos que generan los tercios— y así poder mantener su hegemonía en Europa y en el Mediterráneo. Le otorga un título de nobleza, que Vázquez le agradece mandándole en modernos navíos defendidos por galeones bien pertrechados de armamento, prestados por los enclaves del Caribe para transportar el inaudito peso de los tesoros encontrados. Alcanzada la gloria, muere el césar que le ha protegido surtiéndole de hombres, ar-mas, caballos, carretas, alimentos y materiales de construcción para fortificar el terrero conquistado. Pero el heredero del trono y nuevo señor del imperio no admite el poder único y el control absoluto de unos territorios donde han vertido su esfuerzo, su sudor y su sangre; héroes desconocidos en la lejana patria. Desde España, se empiezan a nombrar virreyes en sustitución de los conquistadores. Y esas arbitrariedades de la Corona tienen ingratas consecuencias, que quedan patentes al finalizar esta historia.

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Brasa y ceniza de un Ángel

Brasa y ceniza de un Ángel

FICCIÓN MODERNA Y CONTEMPORÁNEA116 pág.ISBN 9788413852003

César es un hombre con fortuna dineraria, pero con el infortunio de ser atractivo para las mujeres, sin lograr —por circunstancias— alcanzar la meta de un amor permanente. Dos personas de una desequilibrada edad, pues la balanza del tiempo transcurrido en ambos los separa siete años —ella 15, él 22—. A la temprana edad de Ángela, sus padres le prohíben tener relación con ningún muchacho; ya le llegará la hora. Cosa natural situándonos en la década de los cincuenta del pasado siglo, donde había que respetar la opinión y las órdenes del páter familia, aunque trabajara la joven y cediera su salario al débil funcionamiento económico del hogar. La fortuna llama a su puerta y acierta un número millonario. La capacidad de trabajo de César acrecienta sus cuentas bancarias. Crea elegantes refectorios y viaja por todo el mundo; sus relaciones amorosas son bellas, sentimentales, emotivas, pero lapsas en su continuidad. Enamorado perdidamente de esa chiquilla, aún adolescente y prohibitiva, pierden contacto. Pasados cinco años, tienen un nuevo encuentro; ya en la edad de ambos, apenas se nota la diferencia y en su apasionada juventud dan rienda suelta a sus íntimos sentimientos. Por circunstancias, la familia cambia de domicilio y no se vuelven a ver. César se ve impulsado a encontrarla, pero sin saber sus señas es imposible. Por la ley que el destino impone a los humanos sin fecha ni lugar preciso, siete años después de su último encuentro y de forma fortuita, se vuelven a ver. El destino es arbitrario y en la ruleta de la vida ofrece al azar ventura o infortunio.

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