Gertrudis Gómez de Avellaneda
Sus libros

Guatimozin
La noche apareció sombría y amenazadora, digna ciertamente de las escenas terribles que debía cobijar bajo su lúgubre manto, digna de la calificación que conserva en la historia de la conquista, donde está designada con el sobrenombre de triste. Un cielo profundamente oscuro, en el cual no aparecía otra luz que la de algunos relámpagos fugitivos, cuyos fuegos eléctricos serpenteaban rápidamente por entre las nubes aplomadas; una llovizna menuda y con frecuencia interrumpida, que no templaba en lo más mínimo la sofocante temperatura de la atmósfera; algunos truenos sordos que partían de las montañas, sobre cuyas volcánicas crestas paseaba su carro la tempestad, contribuían poderosamente a aumentar la impresión de tristeza que producía en los españoles una fuga forzosa y arriesgada.

Obra selecta
No hay mujer en Gertrudis Gómez de Avellaneda: todo anunciaba en ella un ánimo potente y viril; era su cuerpo alto y robusto, como su poesía ruda y enérgica; no tenían las ternuras miradas para sus ojos, llenos siempre de extraño fulgor y de dominio: era algo así como una nube amenazante. José Martí Lo femenino eterno es lo que ella ha expresado, y es lo característico de su arte, y lo que la hace inmortal, no sólo en la poesía lírica española, sino en la de cualquier otro país y tiempo, es la expresión, ya indómita y soberbia, ya mansa y resignada, ya ardiente e impetuosa, ya mística y profunda de todos los anhelos, tristezas, pasiones, desencantos, tormentas y naufragios del alma femenina. Marcelino Menéndez y Pelayo

Diario de amor
Una feliz indiscreción familiar, o, más bien dicho, un rasgo de vanidad justificada, nos ha puesto en posesión de estas cartas de amor de la Avellaneda. Ellas vienen a completar la gran figura de esta escritora española nacida en América. Perfume de su alma, luz de su mente, sangre de su corazón, estas cartas sintetizan, concentran todas las cualidades excelsas de una mujer excepcional, gloria purísima de su sexo. »La pasión de los grandes espíritus -y el de la Avellaneda lo era- tiene forzosamente que exteriorizarse en formas únicas y perdurables. He aquí cómo estas cartas conservan, por virtualidad propia y a través de los años, el interés enorme y la fragancia exquisita, que sólo podía darles la escritora admirable, la mujer atormentada y superior que fue su autora. (Alberto Ghiraldo, 1928).
