Gregorio J. González
Nació en 1941 en Pollos (Valladolid). El mayor de cuatro hermanos, con 5 años Catalunya fue para él -como para tantos otros en aventurada huida de la hambruna que siguió a una guerra mal llamada civil y de un futuro sin futuro- su primera tierra de acogida. Allí creció, cursó estudios medios y trabajó hasta que su gen migrante lo llevó, a los 25 años, a la segunda tierra de acogida: Euskadi. Poblaciones como Santurce donde se casó, Bilbao donde nacieron sus cuatro hijos, Górliz, Sopelana o Guecho –todos según la toponimia de la época- fueron otras tantas estaciones en su transitar por una tierra que, como le ocurriera con Catalunya, llegó a sentir como la suya. Pese a ello, veintiún años después será su Valladolid natal la nueva -y probablemente definitiva- tierra de acogida. No así para todos los suyos –dispersos por puntos tan dispares como Catalunya, las Canarias o Euskadi-, su fuente de inspiración cuando, a principio de los ochenta, la historia que se narra aquí estaba lejos de soñarse como FATUM.
Su libro

FATUM
Década de los 80 del pasado siglo. Finales de agosto en un pueblo de La Ribera. Unos chavales soñando una aventura, unos padres oficiando de veraneantes, un matrimonio quebrado y otro zascandileando peligrosamente, un anciano sacerdote con sus luces y sombras, un guardia civil que es también un civil, una viuda y madre doliente, un joven marcado por el destino desde la cuna… son algunos de los personajes que dan vida a las dos historias que recorren con distinta intensidad y resultado las páginas de FATUM. Este libro es eso, pero también una mirada al yo más íntimo y un aviso de cómo hechos inocentes en sí mismos, cuando les da por tejerse, pueden devenir en sucesos llenos de espanto
