J. Saiz de Omeñaca
Aprendió swahili con el jardinero, esperanto por correspondencia y otros idiomas menos divertidos y más corrientes, de esos que todos dicen conocer, por el ancho mundo. Aparte de especializarse en la Universidad Complutense y en diversas instituciones del ámbito anglosajón, consumió tiempo y paciencia en la soñada Universidad de Cantarranas, donde disfrutó, por expresarlo de alguna manera, de las tantas veces sutiles y alevosas interrelaciones sociales. De sus años más mozos, añora esencias como la despaciosa urbanidad portuguesa, el abrumador dinamismo americano, la gallarda llaneza australiana, la en ocasiones tan difícil de entender lógica francesa, la trabajosa eficacia germánica y, sobre todo, la bullanguera vitalidad madrileña.
Su libro

Pájaros pata negra y otras aves de corral
Un poco experimentado profesor, descontento con lo que contempla en la universidad en la que trabaja, se siente obligado a participar en la organización de una candidatura a rector, opuesta a la que se prepara desde el equipo de gobierno. Más allá de os habituales repartos de nombramientos y pactos de gobierno, de la circulación de rumores, la propagación de críticas y la emisión de descalificaciones, fundamentadas o no, se adivinan manejos más turbios, se sospechan escuchas o traiciones y se reciben ataques. El profesor va descubriendo que paralelamente a la población universitaria que vive y trabaja para la enseñanza y la investigación, siempre hambrienta de medios y reconocimientos, existe una pintoresca fauna parásita ávida de poder, fama, dinero y puestos de privilegio. Sin embargo, el personaje más peculiar no es un profesor ni un alumno, un administrativo o un conserje, sino una mujer probablemente más que centenaria, que en un principio parecía enteramente ajena a la universidad.
