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Jesús Gómez Serrano

Sus libros

Eslabones de la historia regional de Aguascalientes

Eslabones de la historia regional de Aguascalientes

HISTORIA445 pág.ISBN 9786078285723

Eslabones de la historia regional de Aguascalientes

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Formación, esplendor y ocaso de un latifundio mexicano

Formación, esplendor y ocaso de un latifundio mexicano

Historia regional y nacional404 pág.ISBN 9786078457403

A fines del siglo XVII alcanzó su máxima extensión: 196 sitios de ganado mayor y menor y 219 caballerías de tierras de labor, el equivalente de un principado en pequeño, según la caracterización de Chevalier. En 1734, luego de una prolongada disputa, se dictó desde Madrid una sentencia que reconocía la existencia de un vínculo o mayorazgo sobre las haciendas de Ciénega de Mata y a Francisco Javier Rincón Gallardo como su legítimo poseedor. En las postrimerías del régimen virreinal el latifundio era lo bastante rico como para sustentar la pretensión de Manuel Rincón Gallardo de obtener el título de marqués de Guadalupe, que le concedió Carlos IV. Aunque la abolición de la propiedad vinculada fue una de las primeras medidas adoptadas por el gobierno mexicano, José María Rincón Gallardo se las arregló para mantener indivisas sus haciendas durante toda la primera mitad del siglo XIX, llevándolas a un grado de prosperidad que no habían conocido antes. Mientras el país se desangraba en medio de interminables guerras civiles, él hacía de Ciénega de Mata la base de una inmensa y bien saneada fortuna. Finalmente, en 1861, luego de inventariarlas con el mayor detalle, repartió las haciendas entre sus hijos y vendió más de cien ranchos entre sus antiguos arrendatarios, con lo que de paso consumó una reforma agraria a escala local. La Revolución de 1910 y su decisión de destruir a la antigua oligarquía terrateniente redujeron sustancialmente la extensión y la potencia productiva de todas esas haciendas.

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Remansos de ensueño

Remansos de ensueño

Historia regional y nacional321 pág.ISBN 9786078523580

Muchas ciudades de la Antigüedad y de la Nueva España tuvieron huertas, que además de su visible función estética producían alimentos y aseguraban parcialmente la subsistencia de sus pobladores, pero en algunos lugares su importancia fue fundamental. En Aguascalientes se empezaron a formar huertas desde fines del siglo XVI, poco después de fundada la villa, y durante el siglo XVII se multiplicaron en forma asombrosa, impulsando el crecimiento y la consolidación del lugar. Los indios del pueblo de San Marcos tuvieron en sus minúsculos huertos la base indispensable de su subsistencia. Los barrios de Triana y Tejas se formaron como tales gracias a sus huertas, en las que había viñas, arboledas y chilares. A fines de la época colonial, las huertas eran tan numerosas que, aparte de su función tradicional, disimulaban la fabricación ilegal de chinguirito, un aguardiente hecho a base de piloncillo y salvado, no de uva. A lo largo de todo el siglo XIX siguieron prosperando y llegaron a ser tan importantes que el cartógrafo Isidoro Epstein llamó plano de las huertas al detallado levantamiento de la ciudad que formó en 1855, como si nos quisiera decir que Aguascalientes no era una ciudad en la que había huertas, sino un enorme huerto que formaba una ciudad. En total, había unas seiscientas huertas que, como dijo Eduardo J. Correa, eran uno de los rasgos más típicos de Termápolis, pues rodeaban por completo la ciudad y le ceñían el talle como una caricia; en todos los barrios eran visibles estos remansos de ensueño y la ciudad parecía una sultana de harem que ocultaba sus encantos detrás de una cortina de seda verde. A fines del siglo XIX, el sistema de huertas se acercaba a su ocaso debido a la disputa por el agua, el crecimiento de la población, la industrialización y la emergencia de nuevos hábitos de higiene. Como dijo un cronista, las huertas fueron engullidas por el progreso y las últimas páginas de esa historia se escribieron a finales de la década de 1950, cuando se construyó la avenida Oriente-Poniente, que fue algo así como una loza de concreto que sepultó a la antigua ciudad de las flores, los frutos y las aguas.

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