José Sánchez Franco
José Sánchez Franco
Nació en Otivar (Granada). En el citado pueblo y en la ciudad costera de Almuñécar vivió hasta trasladarse a la isla de Mallorca, lugar donde reside.
En su novela más autobiográfica, Bastian y la ciudad sin ley, aún sin editar, se encuentra una relación más detallada acerca de su formación académica y profesional. Hasta los treinta años no le atrapó su vocación literaria. Su inquietud es la de despertar en el prójimo el recuerdo de sus deberes, frenar el orgullo, las artimañas, las contiendas y perturbaciones de un mundo carente de valores morales
Sus libros

Sombra prusiana
A Miguel Yolene le horrorizaban las oscuras y peligrosas noches de contrabando en el postrer y alejado embarcadero del puerto, y su hermano Pedro el Mellao se avergonzaba de su parentesco, atraído por los pingües beneficios que le producían. A todas horas se veía siendo, en un futuro cercano, un gran traficante. Estaba convencido de que, por fin, iba a hacer realidad su deseo de poseer una lujosa Galeta y surcar el Mediterráneo en viajes de placer; desde el mar de Alborán hasta el Adriático.

El lobo de la esquina
Le apodaban el Lobo, pero su verdadero nombre era Migueruelo Llorente. La marcha de Nitailla Ferreira a Buenos Aires le había desquiciado. A todas horas vivía envenado, y en las noches de verano se evadía montando en su caballo negro, decidido a disolver a palos a la juventud que se daba cita en la popular esquina de la población rural. Era un individuo sanguinario e impredecible , y llevaba a cabo sus actos de pillaje a partir del anochecer, convencido de que la oscuridad era un buen aliado, pero ignoraba que en el campo, a todas horas, hay muchos ojos vigilando y era muy difícil no ser visto.

El sendero de la discordia
Lorenzo Calle se veía hecho una piltrafa humana, le temblaban las manos y tenía problemas cardiovasculares. Era un alcohólico y había decidido alejarse del ambiente noctámbulo de la ribera y cambiar de conducta. Por fin, empezaba a valorar la insistencia de Luisa Parra al decirle que cortara con su pasado y recuperara la salud. Jamás había hecho deporte y, a menudo, se le veía correr por la estrecha carretera con las mangas de la camisa y los perniles remangados. «Ahí va el tío», gritaban sus detractores al verlo haciendo footing. «Ese es un cursi, ha trabajado conmigo en la construcción», añadían con tono peyorativo. Pero hacía oídos sordos y persistía en su intento a lo largo del peligroso sendero plagado de curvas y precipicios. En la difícil ruta era frecuente ver autos despeñados hasta terminar con sus ocupantes en el tronco del peral, árbol cercano a la entrada del cementerio, donde las ánimas benditas recibían a los muertos antes de ser acomodados en uno de los dos marjalillos del campo santo.

La hojarasca que quedó
La población de Basules aparecía desierta al llegar la noche. Solo la luz de un quinqué mal dibujaba la sombra del que salía de la taberna y se alejaba rascándose sin piedad con su bestia de reata. A la ciudad venía gente de todos los rincones de la tierra y se marchaba hacia los más insospechados lugares. Fue a partir de la llegada de la luz eléctrica cuando su ambiente variopinto se animó, y en sus calles se oían los gritos de los vendedores de guarretes, mercaderes de chatarra, adivinos, charlatanes y embusteros. Había también gente mágica, y otros que no morían nunca, como era el caso de Pretoria Ventura, obsesionada por visitar a los enfermos moribundos con el fin de darles recados, para que se los llevaran a sus familiares fallecidos, sin saber si habrían ido a la gloria o al infierno. Pero lo que más prestigió a los nativos fue la llegada del Hispalense, hombre de exquisita verborrea, entendido en amores y hermano de Lulú de la Pomerania
