Mamalú
Mi nombre es Adalú Marcela, nací en Uruguay y ahora vivo en Catalunya, España.
Mamalú es el resultado de pretender que mi hija me vea como persona (además de como mamá).
Para ello, le pedía que me dijera Adalú; cosa que nunca logré. Pero un día se levantó inspirada y me llamó Mamalú.
Me encantó, fue una solución muy bonita.
Mi vocación: mamá; y ahora: abuela.
Me agrada realizar todas las faenas que dan y sostienen el día a día, la vida, entre ellas: cocinar.
Pero ¡cuidado! También me gusta que me hagan la comida.
Sus libros

La cocina de Mamalú
Aquel pato blanco (Historia real) «Le até una piola en la pata al pato que tenés que matar», me dijo mi madre y se fue a trabajar. Al llegar la hora afilé el cuchillo, cogí aquel pato, pero el pato habló. Habló con palabras, le vi y le oí. Sé que no estoy loca, sé que el pato habló. No quería morir, no debía morir. Lo solté y maté a otro, total…, no se notará. Al llegar mamá no supe mentir, no pude mentir, se enfadó conmigo. Me obligó a matar aquel pato blanco que no quería morir, que no debía morir.

La cocina de Mamalú
Dedico esta obra…a toda persona que sin importar su inclinación culinaria quiera hacer una comida vegetariana y disfrutar comiendo. Dedico esta obra a todo individuo que en algún momento ha sentido partirse el alma al oír el grito de un cerdo agonizante. Espero que mis recetas ayuden al que ha sido acompañado por la impotencia al ser juzgado constantemente, tanto si cambia como si no lo hace. Dedico esta obra a quien valore y respete sus emociones y la cocina, que juntas son el laboratorio de la vida humana. Dedico esta obra a todo el que quiera en ella inspirarse para hacer una rica comida, a la hora de recibir un amigo o para sí mismo.

La cocina de Mamalú
La chueca vieja (Historia real)
Era una yegua muy vieja, tal como lo decía su nombre.
Nos llevó a la escuela durante un montón de años.
Había años que éramos tres sobre su lomo curvado.
El camino a la escuela era largo y si por ahí… llovía, nos metíamos debajo de su panza donde nos sentíamos seguros.
¡Eran tantos los peligros que en cinco kilómetros acechaban!
Sin embargo, con la «Chueca» mamá se quedaba tranquila.
Cuando volvíamos de la escuela, siempre hacía otra faena que… si traer las vacas, las ovejas o ir al pisadero del horno de ladrillos.
Pero un día fue muy vieja y nosotros cavamos la escuela.
En una de las mudanzas, perdimos el contacto con ella.
Después de muchos años, me atreví a preguntarle a mamá lo que aún hoy me duele en el alma:
«¿La enviamos al matadero?»
