Manuel Saravia Madrigal
Manuel Saravia Madrigal es arquitecto (Universidad Politécnica de Madrid, 1980). Ha realizado trabajos profesionales de urbanismo, fue arquitecto municipal y provincial (en Valladolid) y profesor titular de Urbanismo (Escuela T. S. de Arquitectura de Valladolid, 1987-2011). Autor de varios libros de urbanismo, también ha sido concejal del Ayuntamiento de Valladolid (de Izquierda Unida, en la oposición: 2011‑2015; y de Valladolid Toma la Palabra, en el gobierno: 2015‑2023). Nadie es perfecto. También lleva un blog, con el arquitecto Pablo Gigosos, sobre urbanismo: https://gigosos-saravia.es/
Su libro

Paisajes de pocas palabras
Este trabajo se fundamenta en el brevísimo cuento de Julio Cortázar titulado La continuidad de los parques, que podemos resumir parafraseando a Fernando Chelle: «Entre los distintos mundos de ficción está establecida una íntima continuidad, que se manifiesta decisiva, y que puede incluso llegar hasta la muerte» (del mundo o del observador, como se quiera). Pues, por encima de todo, tanto el paisaje como las palabras que lo cuentan y los poemas que lo cantan están fraternalmente abrazados. Por su propia naturaleza. Pues bien: el ensayo va por ahí. A partir de un precioso macguffin (siempre hemos querido usar esta expresión) de la escritora inglesa Jeanette Winterson, nos lanzamos a desentrañar qué tendrá Mánchester para que nuestra autora lo vea como un «paisaje de pocas palabras». Y organizamos la indagación, para empezar, en tres capítulos. Uno, sobre el paisaje; otro, sobre las palabras; y el tercero, sobre «pocas». No se nos podrá reprochar falta de orden o sistema. Buscamos ayuda por doquier. De hecho, el trabajo se construye como un peculiar patchwork, que recoge alborotadamente todos los trozos que hemos podido hilvanar, trayendo al juego a Montaigne, Simónides, los Alberti, Skármeta, Agatha Christie, Molière… (no se nos podrá reprochar falta de desorden). Pero la investigación reclama alguna comprobación empírica. Y con esa intención recorrimos dos ciudades y decenas de paisajes en ellas. Valladolid, donde vivimos. Y Mánchester, donde viajamos. Y constatamos que cada paisaje exige, sugiere y entrega poemas (cortos) que los describen mejor que cualquier otra explicación o representación. Y que cada paisaje se enreda inevitablemente en la vida (y en la muerte) de quienes lo contemplan: esa es su condición. Lo curioso es que el macguffin del arranque acabe resultando, paradójicamente, su principal logro, su mejor contenido.
