Maria Jordán Martínez
Vine a nacer entre el verano y el invierno del 99, en un mes de noviembre. Prácticamente aprendí a hablar y a contar cuentos a la vez. Me crié en el número 127 y, allí, le dije adiós a la infancia. Crecí y, después de haber elegido los libros como escudo, escogí la escritura como arma. Si tuviera que ser una persona libro de Fahrenheit 451 probablemente sería Cumbres Borrascosas. Si tuviera que mirarme en un espejo y ver un emblema, creo que encontraría en el reflejo una bandera negra. Lo que escribo no puede llamarse poesía, pero es un puñal en el pecho, puro veneno, disfrazado de canto de sirena. Y solo sé que, si escribo, es porque hacerlo es lo único que pone a mi ira de rodillas.
Su libro

La deformación de Eros
La deformación de Eros abre la puerta a un mundo oscuro sustentado por la ira y por el hambre que, sin quererlo, se apoderan en la mayoría de las ocasiones de la voz poética por culpa de una destructiva adicción al llamado amor heroico que, hoy en día, conocemos como tóxico u obsesivo. La inmersión en esta realidad narrada nos hace acompañar al yo poético por la pesadilla en la que se convierte el estadio de adicción, en el cual, se confunde el amor con el odio. Fruto de ello, la pasión, el terror y la sensación de abandono se funden en uno solo, obligando aladicto a desintoxicarse del objeto amado como única vía de supervivencia. Finalmente, el amante, acaba cayendo en las manos de una paz que termina siendo el verdugo definitivo del yugo, ofreciendo una salida de emergencia llamada reinserción a la voz que, al fin, consigue liberarse de la temida “muerte en vida"
