Mario Vargas Llosa
Sus libros

Los cachorros
Edición crítica con estudio introductorio y guía de lectura. 1967 fue un año mágico para Mario Vargas Llosa. Además de la publicación de Los cachorros, el peruano recibió el Premio Rómulo Gallegos, asistió en directo a la eclosión del boom junto con su nuevo amigo Gabriel García Márquez, participó en el XIII Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana en Caracas, mantuvo en agosto encuentros multitudinarios con escritores y numeroso público general que abarrotaba grandes salas, y en septiembre, para terminar el ciclo, su periplo culminó en varias entrevistas multitudinarias en Lima, también con García Márquez, en unas jornadas que, cincuenta años después, todavía se recuerdan en la capital peruana. Todo ello pudo desviar la atención sobre su nueva obra, de la que no puede decirse que sea menor. Los cachorros debe ser estudiada y leída en el contexto de las novelas del peruano de los años sesenta y setenta, signadas por la ansiedad de la experimentación, y por la necesidad de ofrecer a los lectores un nuevo universo que no tuviera tanto que ver con el contenido como con el estilo y las técnicas narrativas. Son las novelas que han hecho de Mario Vargas Llosa merecedor del Premio Nobel y del prestigio de que goza en la actualidad. La historia de Pichula Cuéllar no deja a nadie indiferente, en una Lima llena de convenciones que es necesario desenmascarar.

Los jefes
Edición crítica con estudio introductorio y guía de lectura. Si en el contexto de las actitudes, las tramas, los modelos de personajes y la conciencia crítica, los cuentos de Los jefes significan un anuncio de lo que serán sus novelas posteriores, en el ámbito del estilo ocurre lo mismo. Las audacias técnicas que descubrimos desde La ciudad y los perros, y comprobamos aumentadas, al menos hasta La guerra del fin del mundo, en los años ochenta, comienzan a vislumbrarse en esos relatos que piden, además, espacios más amplios. Por otro lado, frente al realismo mágico, que triunfa en la década de los sesenta, y es considerado por la crítica como un modelo propiamente hispanoamericano, la escritura de Vargas Llosa huye de elementos míticos o fantásticos y se instala más bien en un realismo que trata de dar una visión totalizadora de la realidad, y concentra todos los esfuerzos en los logros técnicos, antes que en los anecdóticos o argumentales.
