Martínez Sarrión (ed.)
Sus libros

Cordura
Cuatro años después de su último poemario, Cantil, y tras la publicación de sus dos volúmenes autobiográficos, Antonio Martínez Sarrión vuelve a la poesía con un libro que no dudamos en calificar de memorable y que nos enorgullece ofrecer a los lectores en nuestra colección Nuevos textos sagrados. Cordura hace honor el epígrafe de Joseph Conrad que lo encabeza, y en el que se reconoce y constata que lo único que puede esperarse de la vida es «cierto conocimiento de uno mismo, que llega demasiado tarde». A ese limitado conocimiento de uno mismo—y de la entera y potencial condición humana, por tanto—y a muchas de las enseñanzas de la edad se dedican gran parte de los poemas del libro. Pisando la sesentena, el poeta parece dispuesto, madurez obliga, a «aceptar los trazados del destino con sereno talante», pero no olvida el tiempo pasado, consumido en ilusiones, en excesos a la vez de vitalidad y esperanza, en vértigos que conducían a dudosos fulgores. Desde la senda del descenso, el sujeto poético se debate entre la apartada aceptación del mundo, incluso de su estoico y sereno abandono, y de la condena de lo que ve entre la sobria reclusión, como imponen los años, y la puesta en solfa, batalla o tensión de estos inclementes y desesperanzados tiempos. Pero, como en los grandes poemas barrocos e isabelinos, en Cordura la dicción se erige en la gran protagonista, una dicción tensa y dúctil, y una voluntad de contundencia y precisión en el lenguaje, no por culto menos impugnador y hasta descarado, que expresa de manera ejemplar los conflictos del hombre de hoy mismo.

Poeta en diwan
«En asuntos de poesía, una de las cosas buenas que acarrea cumplir muchos años de vida y bastantes de oficio acaso sea el gusto creciente por la claridad y sencillez de dicción, que se une al culto decreciente de una neurosis clásicamente juvenil: la de ser original o distinto a toda costa.» Así nos presenta su libro el autor, «poeta en diwan» que, en clara alusión al título de Goethe, propone su propio autoanálisis usando como referencias–y reverencias–formas y motivos heredados de distinto origen. Si en la primera parte «Diwan de Occidente», los poemas ahondan en su reflexión sobre el desengaño, la vejez, la propia biografía, en la segunda, «Diwan de Oriente», el sujeto lírico parece adelgazar la voz, abreviarla, y cargar de alusiones y silencios composiciones más desnudas sobre la aceptación de lo inevitable. En una y otra sección, sin embargo, se emplean registros, temas, músicas, formas o atmósferas de poetas alejandrinos, helenísticos, de la baja latinidad, del medio y del extremo Oriente. Escritor dúctil y siempre deslumbrante, Martínez Sarrión sabe alternar el tono meditativo y grave con el irónico y leve; el estilo fuerte, rotundo, desgarrado, que muchas veces descubre en un quiebro inesperado la emoción, con otro ingrávido y terso, de trascendida concreción. Y, en todos ellos, demostrar el dominio de una lengua y sintaxis de extraordinaria precisión y riqueza

Farol de Saturno
Siete años después de Poeta en diwan, el nuevo libro de Martínez Sarrión está integrado por poemas breves, figurativos, elípticos y concentrados al máximo, escritos en un estilo en apariencia «noble», pero socavado por la sorna.Dos bloques temáticos conforman la obra: un conjunto de preceptos búdicos, tal vez apócrifos, para manejarse en este mundo y este tiempo, y una serie de motivos para la contemplación, muy concretos y humildes, provistos de «aura» y ligados a la remota memoria infantil del poeta y a un abolido mundo mítico-rural con ecos de Cesare Pavese. El título del libro apunta al tiempo y a una posible luz sobre él, del todo crepuscular, pero no vencida y mucho menos entregada. Cada objeto, por otro lado, cumple el papel inaugural del «arte pobre», cuyo icono mayor pudiera ser la viejas botas deshechas que pintó Van Gogh. Sintáctica y retóricamente, las composiciones se resuelven, casi sin excepción, en una oración principal y alguna de relativo, ascesis formal que es en último término ética. En todas ellas, la calculada escasez metafórica consigue que, a base de tensión rítmica y sorpresa, se alcance una rara intensidad lírica, infrecuente en nuestra poesía actual.
