Mila Espigar
Mila Espigar nació en 1947 en el barrio de Ruzafa, en Valencia, en el seno de una familia de cinco hermanos. En 1964 se trasladó la familia a la ciudad de Alicante, donde residieron hasta el año 1986. Desde finales del 86 hasta la actualidad, reside junto al mar en Villajoyosa (Alicante).
Autora de varios y bellos poemas, así como de diversos relatos, ha participado en algunas antologías, una de ellas solidaria, en 2013, titulada Un mañana para Alicia, para ayudar a una niña con síndrome de Dravet. Ha participado y ha sido ponente en charlas y coloquios sobre la violencia de género, como en la edición de la 48º Feria del Libro de Valencia, invitada por la Asociación Cultural Trazos Iberoamericanos.
Participa siempre que puede en tertulias y entrevistas literarias y ha contribuido, a través de algunos programas de radio, a recordar y ensalzar la vida y obra de nuestros mejores poetas, hoy ya desaparecidos, así como a recitar como solo ella sabe, algunos de los poemas inolvidables de la literatura universal.
En 2011 publica la que sería su primera novela, titulada Mi vida sin ti, recuerdos, a través de la Editorial Círculo Rojo, que es reeditada en 2012. Recientemente ha escrito una novela titulada Nanna Polska, ambientada en la Europa de la Segunda Guerra Mundial y que trata de una sobrecogedora historia que transcurre ya en época de posguerra. Su tercera novela, casi solapada en el tiempo con la segunda, se titula El ocio de un jubilado, unas atrevidas y entrelazadas historias de humor desternillantes, enmarcada en el más puro y castizo género del realismo cómico del siglo XXI.
Sus libros

Nanna Polska
Mr. Bentlhey, en su infancia grumete en un navío británico y más tarde afamado abogado, miembro de la Corte Suprema inglesa, aunque retirado de sus funciones por edad, decidió, ahora que disponía de más tiempo, emprender la difícil tarea de investigar sus orígenes. En esa búsqueda se encontró en la encrucijada de no saber por dónde dar comienzo. Una foto, desechada por un marino corso de la cartera sustraída a un hombre en el puerto, siempre la llevó con él. La custodió pensando que, de quien fuera, la había perdido y para él, al no tener recuerdo alguno de su procedencia, sería su amuleto. Prendida siempre en su ropa para no perderla, pensaba que quizás le ayudaría a encontrar sus raíces e incluso a su propia familia, de la que no tenía el más mínimo conocimiento de dónde era o si pudiera existir. Aquella foto que, en momentos de pánico en medio del océano asía con fuerza e incluso pedía protección a quien ni siquiera conocía, le daba la confanza sufciente como para pensar en su inestimable ayuda.

El ocio de un jubilado
Cuando un cierto número de jubilados se reúne, nadie puede imaginar dónde pueden ir a parar ni cómo acabará su aventura. Aventura criticada por sus familias a las que cuidan, miman y de las que son guardianes de sus vástagos las veinticuatro horas del día, trescientos sesenta y cinco días del año, sin descanso, sin un solo minuto para estar solos y contarse sus avatares diarios. Cuando trabajaban era otra cosa. Llegada al hogar y, mientras la parienta ponía la mesa y ellos descansaban después de un día agotador en el sofá tomando unas «birritas», se iban relatando las anécdotas, a modo de terapia conyugal y en cariñosa armonía, de sus respectivas idas y venidas. Ellas, las de su quehacer diario, y ellos, las acaecidas en el trabajo. Hasta que un día deciden romper la monotonía, y aquí es donde da comienzo este relato de mis jubis. Con todo el cariño del mundo a esa generación que, por causa de la crisis, o no, se están haciendo cargo de los nietos y, en ocasiones, incluso de hijos y biznietos. A todos, generalizo hombres y mujeres, gracias por estar ahí, gracias por estar al pie del cañón, con las edades que algunos de vosotros tenéis ya, y que, sin embargo, no os faltan fuerzas para el devenir diario. Ya quisieran muchos jóvenes, en el futuro, bregar con la prole como hoy lo estáis haciendo vosotros. Gracias, abuelos; gracias, yayos.
