Odeth Osorio Orduña
Sus libros

Theresia
En el segundo poemario de Odeth Osorio, la autora consolida un estilo intimista que se desdobla en la voz poética, presentándose y representándose a sí misma. A lo largo de los versos, se cuenta una historia personal, reconstruida a partir de la memoria emocional, al tiempo que se percibe la búsqueda de una esencia que remite al orígen, desde el nacimiento hasta su trascendencia espiritual y su conexión familiar. Cada poema es un intento de rastrear los hilos de la conformación del ser, aún antes de haber nacido. Osorio cuestiona la herencia de los sentimientos, las decisiones tomadas, las rupturas familiares y su repercusión en el alma misma de quien se construye a partir de estos sucesos. Los versos muestran la amplitud de las acciones simples, la enorme repercusión que éstas tienen en la vida de otros y la posibilidad de dejar huellas profundas en el espíritu. El lenguaje poético apela a lo cotidiano y a los lugares más íntimos e inesperados: la casa, el baño, la cocina o la fotografía familiar salida de un oscuro escondite. Los objetos regresan con la función de evocar hechos cotidianos, aparentemente insignificantes, de los cuales no sospechamos la importancia, hasta que se observa su influencia en el trazo de la vida y cómo aquel hecho simple ha alterado drásticamente el destino de alguien más y su relación con el exterior. Este poemario abre una puerta hacia un viaje al interior del Yo; un Yo conectado desde varias perspectivas, visto a partir de sus diferentes conexiones con el mundo en las relaciones que construye con otros, principalmente con la familia. Este ejercicio de autoconocimiento aborda la vivencia desde un lenguaje sencillo, pero poderoso. Las palabras tienen fuerza suficiente para llegar hasta el interior, buscando el origen del nombre, de la identidad y de la esencia misma de esa voz poética que se desnuda completamente, exponiendo sus cicatrices y cerrando el círculo con la vivencia como un medio de conocimiento interior. Esto, a fin de cuentas, es una victoria ganada sobre el sufrimiento y la ruptura, pues el cuerpo se muestra superficial y efímero, mientras que el conocimiento fortalece el espíritu, abrevando de la propia vivencia y de quienes han ayudado a construir esa esencia.

Intimidades. / Intimacies.
Si “el cuerpo es material. Es denso. Es impenetrable. Si se lo penetra, se lo disloca, se lo agujerea, se lo desgarra”, como ha dicho Jean-Luc Nancy, Odeth Osorio Orduña, en Intimidades. Testamento cantado tranquilamente a la sombra, articula una voz lírica que comunica la desazón desde esta agudeza que, paradójicamente, es el medio para la conservación de la vida. A manera de una crónica testimonial, este libro de la autora poblana nacida en 1988, traslada el lenguaje clínico a la lírica y se inserta en la tradición del binomio poesía y enfermedad, junto a grandes paradigmas mexicanos, como es el caso de Operación al cuerpo enfermo, de Sergio Loo, Poesida, de Abigael Bohórquez, y Canto al cáncer, de Alejandro Aura, por mencionar sólo una terna relevante. En su ópera prima, Osorio Orduña sorprende con variados discursos que van de la lamentación a la meditación, de la súplica a la alabanza y de la evocación a la reconvención. Con inteligencia, el texto descoloca al lector que espera una elegía absoluta frente al padecimiento del carcinoma cervical y del doloroso proceso para contrarrestarlo, porque la disertación en esta obra, ganadora del III Premio Nacional de Poesía Germán List Arzubide 2019, es fundamentalmente una introspección cíclica en la que predominan los indicios de conocimiento, más que el planto de la carne. De este modo, la poeta nos recuerda que el lenguaje poético puede conducir a una propuesta epistémica de valor actual para las subjetividades precarias, dentro de la colectividad. Como todo gran libro, este poemario presenta una transformación trascendente a partir del drama, porque la voz que busca el sol y las calles, al estar sumergida en los estragos de la quimioterapia (“el sol ya no llega a las paredes de mi casa”), no es la misma voz que se sabe diferente y acepta cualquier posibilidad (“volví a levantarme / encendí la luz / porque la habitación estaba oscura”). De esta evolución viene el hermoso título, porque, ya en calma, después del conocimiento adquirido, la voz poética de la mujer que ha logrado “expulsar al invasor”, puede sentarse a la sombra, tranquilamente, para cantar su testamento: la intimidad, el nadir del cuerpo, como raíz de dolor, de donde surge la poesía como un árbol ocupado por paserios.
