Updike
Sus libros

Corre, Conejo
Parece ya muy antigua la leyenda del hombre que sale un día de casa a buscar tabaco y decide no volverParece ya muy antigua la leyenda del hombre que sale un día de casa a buscar tabaco y decide no volver. Pues bien, se remonta tan sólo a 1960, año en que, gracias a John Updike, el mundo conoció al inefable Harry «Conejo» Angstrom, cuyas peripecias empiezan a contarse aquí en el momento en que, sin razón aparente, abandona mujer e hijo, su modesta condición de vendedor de MagiPeels y el recuerdo de cuando fue un as del baloncesto. A partir de entonces, Conejo Angstrom seguirá su camino sin rumbo, a la vez esquivando y buscando quién sabe qué. Ni siquiera el lector más sabio podría decirlo, porque ¿quién alguna vez, obedeciendo a un «impulso inexplicable», no ha salido (o deseado salir) huyendo como un vulgar conejo antes que enfrentarse al mundo, o a sí mismo ? De ahí que este supuesto «hombre libre», como cualquiera de nosotros tal vez, caiga constante y torpemente atrapado en la enmarañada existencia con la que debe cargar inexsorablemente todo ser humano.

A conciencia
Con estas memorias, el gran escritor John Updike, por lo general implacable observador del comportamiento humano, a la hora de examinarse a sí mismo, procura hacerlo con la misma rigurosa mirada introspectiva, con la misma escalofriante honestidad y la misma irónica sonrisa con las que lo hubiera hecho de tratarse de otro personaje, real o de ficción. De hecho, al leer qué piensa de su ciudad natal, de su psoriasis, de su tartamudeo, de su disconformidad con la guerra de Vietnam, de sus antepasados, de su formación religiosa y de su propio ser, el lector tiene la sensación de adentrarse en si mismo y de recorrer a conciencia en la misma dirección la misma trayectoria, aunque el camino sea distinto. Como si de una novela fantástica se tratara, Updike nos conduce hacia el asombroso y prodigioso mundo más allá de nuestro propio ser único y el de sus orígenes.

Memorias de la Administración Ford
El profesor de historia Alfred L. Clayton recibe de una asociación de historiadores el encargo de redactar sus memorias sobre la Administración Ford (1974 -1977) para una de sus publicaciones. Pero lo único que, en el momento del encargo, recuerda Clayton de este período de la historia reciente de Estados Unidos es que, primero, fue precisamente cuando él abandonó a su mujer Norma, «la Reina del Desorden», y a sus tres hijos para irse con Genevieve, «la Esposa Perfecta», y, segundo, cuando reunía material para una biografía (jamás terminada) del presidente James Buchanan (1857-1860). En el momento en que, al fin, se da cuenta de que ya no sabe distinguir dónde empiezan sus propias aventuras amorosas en los años 70 y dónde termina el abortado romance de Buchanan durante una de las peores crisis de su breve presidencia, «Alf» decide que no hay verdad histórica posible. Si, con ello, los historiadores pierden un buen informe, nosotros, los lectores, ganamos una divertidísima novela…

Hacia el final del tiempo
Una vez más viene el gran John Updike a entretenernos y hacernos pensar, como acostumbra, con su consabida destreza y su habitual sabiduría. Los años no parecen hacer mella en este escritor de sesenta y seis años, que ha recibido en su país todos los premios de mayor prestigio (el último de ellos la National Book Foundation Medal en 1998) y que ya es autor, con Hacia el final del tiempo, de casi cincuenta libros entre novelas, cuentos, obras de teatro, memorias, libros infantiles, poemarios y ensayos. ¡Por si fuera poco, publicó recientemente una antología de los que él considera los mejores cuentos del siglo! Para Tusquets Editores siempre ha sido y será un privilegio acogerle en nuestro catálogo. Corre el año 2020, Estados Unidos ha perdido una devastadora guerra con China, el dólar ha dejado de existir, los impuestos han sido suplantados por «dinero para protección» y la civilización tal como la entendemos se prepara, lentamente, para desaparecer. Pero nada de esto preocupa demasiado a Ben Turnbull, porque Ben tiene otros problemas que atender. Jubilado de sesenta y seis años, el atípico héroe de esta novela pasa sus días y sus noches intentando comprender a su exigente esposa, jugando al golf, visitando a sus cinco hijos, reflexionando sobre su salud en particular y la del universo en general. . ., y perdiéndose y encontrándose en varias realidades alternativas que lo llevan desde los tiempos de los apóstoles, pasando por el Egipto de los saqueadores de tumbas y los monasterios medievales, hasta alcanzar la iluminación definitiva a medida que se aproxima al fin de todas las cosas.

Gertrudis y Claudio
Por fortuna, John Updike es ya un habitual de nuestro catálogo, pues cada uno de sus libros depara una grata sorpresa: si en Hacia el final del tiempo (Andanzas 393) ambientaba la acción en el año 2020 y nos brindaba así una compleja metáfora de la sociedad que se nos avecina, en Gertrudis y Claudio, reyes de Dinamarca, recrea ni más ni menos que el turbulento y a la vez apasionante mundo de las sagas nórdicas en que siglos más tarde William Shakespeare se inspiraría para escribir la tragedia de Hamlet. La tragedia Hamlet, de Shakespeare, comienza cuando el espectro del rey de Dinamarca, que acaba de morir asesinado por su hermano Claudio, se le aparece a su hijo Hamlet clamando venganza. Updike, en cambio, se remonta en la leyenda y nos adentra en un drama anterior, el de la pasión de Claudio por Gertrudis, esposa del rey asesinado y madre de Hamlet. La joven princesa Gertrudis, obedeciendo órdenes paternas, se había casado sin amar a su futuro marido y no pudo evitar enamorarse perdidamente de su melancólico y soñador cuñado. Durante trece años Claudio y Gertrudis, locos de amor, reprimieron la explosión de sus sentimientos. Envueltos en la envidia, los celos desgarrados y las indecisiones, pudo más la pasión. Al contarnos el origen de la tragedia hamletiana, Updike arroja irónicamente una luz nueva no sólo sobre el hosco resentimiento de Hamlet, sino también sobre las razones que condujeron a gente tan docta y sabia a una sucesión de muertes irracionales.

Conejo es rico
De las peripecias del ya célebre y entrañable Harry «Conejo» Angstrom, que conforman en cuatro novelas el cuadro más completo de la «intrahistoria» reciente de Estados Unidos, sólo nos faltaba la penúltima, Conejo es rico, que cubre la década de los años setenta del pasado siglo y cuya publicación hemos ido postergando para dar paso a las obras más recientes de John Updike, que, a sus setenta años, está más imaginativo y sabio que nunca. Desde que Harry Angstrom, en Corre, Conejo (Andanzas 128 y Fábula 56), se largara de casa sin previo aviso, abandonando a Janice y a Nelson, han pasado veinte años, y diez desde los febriles acontecimientos descritos en El regreso de Conejo (Andanzas 179). Harry ha conseguido por fin disfrutar de una considerable prosperidad como jefe de ventas de Springer Motors, un concesionario de Toyota en Pennsylvania. En 1979, el Skylab describe su órbita triunfal, el precio de la gasolina sube vertiginosamente, el presidente de Estados Unidos sufre un colapso mientras corre una maratón, y una inflación en alza coincide con un momento de desaliento nacional. Sin embargo, Harry se encuentra en buena forma, dispuesto a disfrutar por fin de la vida... hasta que su hijo regresa del Oeste y reaparece un antiguo amor. Pese a todo, el incombustible Conejo seguirá buscando, a su excéntrica manera, el arco iris de la felicidad

Conejo en el recuerdo y otras historias
Conejo en el recuerdo y otras historias se compone de doce relatos breves y una novela corta, que da título al volumen. En ella, John Updike, escritor que ha satirizado como pocos las obsesiones de la clase media americana de este fin de siglo, retoma el mundo de Harry «Conejo» Amstrong a los diez años de su muerte literaria y nos ofrece una hermosa coda de la célebre tetralogía dedicada a tan emblemático personaje. Se diría que cada protagonista o cada lugar que sirve de escenario a estas historias esconde un secreto: viejos deslices sexuales, fugaces encuentros amorosos que regresan ahora modulados por la nostalgia. En «Las mujeres que se alejaron», el narrador vuelve la vista hacia los febriles años sesenta y setenta, cuando las «normas» del adulterio aconsejaban ser simpático con el cónyuge de tu amante. En «Una muchacha de Nueva York», un hombre maduro reencuentra a la mujer con la que mantuvo un romance veinte años atrás y descubre que con ella se esfumó la oportunidad de ser feliz. «Mi padre al borde del descrédito» y «Los gatos» son una emotiva y serena rememoración de la infancia y el retrato de unos padres tal vez imperfectos, pero buenos y generosos. Y, por fin, en «Conejo en el recuerdo» volvemos al microcosmos de Pennsylvania. Janice, la viuda de Harry «Conejo», ha vuelto a casarse; Nelson, el hijo, se ha rehabilitado de su adicción a la droga, pero su esposa le ha abandonado. Un día aparece Annabelle, una mujer de cuarenta años que afirma ser hija de Harry «Conejo». Todos se reúnen para el día de Acción de Gracias, y durante la cena, ante la presencia impalpable de Harry, lo que comienza siendo una trivial discusión sobre la vida privada del entonces presidente Clinton desemboca en una memorable y épica pelea familar...

Busca mi rostro
Además de ser uno de los grandes autores de la literatura contemporánea, John Updike es también un agudísimo crítico de arte, autor de numerosos textos para catálogos de exposiciones así como de iluminadores estudios sobre los más diversos pintores. Busca mi rostro, la deliciosa novela que ahora presentamos a nuestros lectores, mezcla sabiamente el inolvidable retrato de dos mujeres con el fascinante ambiente artístico en la Norteamérica de mediados de los cincuenta como paisaje de fondo. Una mañana de abril de 2001, la crítica de arte Kathryn D’Angelo llega al condado de Vermont procedente de Nueva York para hacer una larga entrevista a una veterana y singular figura del arte contemporáneo: la pintora Hope Chafetz. La conversación deriva pronto hacia el atribulado pasado sentimental de Hope y su vida con sus tres maridos sucesivos: Zack McCoy, el genio del expresionismo abstracto; Guy Holloway, la fulgurante estrella del pop art y, por último, Jerry Chafetz, hombre de negocios y coleccionista de arte, el único, por cierto, que aportó serenidad a la vida de Hope. Más o menos disfrazados, el lector reconocerá en estas páginas la presencia de controvertidos creadores como Jackson Pollock, Andy Warhol, Roy Lichtenstein o la propia Lee Krasner, esposa de Pollock. En el largo diálogo entre la ambiciosa y cínica pero inocente Kathryn y la sabia pero vulnerable Hope, Updike recrea magistralmente la bohemia artística de posguerra y las excentricidades posmodernas, pero también las ambigüedades propias de la fama, el narcisismo de los grandes artistas, el complicado papel de «esposa de genio» y otros misterios relativos al sexo y a la felicidad.


Las brujas de Eastwick
A finales de los años sesenta, ni siquiera la provinciana Eastwick, una pequeña población de Rhode Island, permanece ajena a los cambios que erosionaban los cimientos de las costumbres y la moral del país. En ese pueblo olvidado, tres divorciadas han descubierto no sólo que tienen dotes artísticas: Alexandra esculpe, Jane toca el violonchelo y Sukie escribe, aunque sea una columna de cotilleos, sino que, además, poseen poderes mágicos y son capaces de desatar tormentas, transformar objetos o provocar accidentes. Las tres parecen malbaratar sus dones en pequeñeces y mezquindades, como acostarse con los maridos infelices del pueblo, hasta la llegada del misterioso Darryl Van Horne, un soltero que las seduce -metafórica y literalmente- a todas. Sin embargo, ciertos hechos acaban enojando de tal modo a las brujas que éstas no dudarán en emplear todo su poder para vengarse.

Las viudas de Eastwick
Más de tres décadas han transcurrido desde los diabólicos sucesos que se narran en Las brujas de Eastwick, y durante todo este tiempo las tres protagonistas, Alexandra, Jane y Suzanne, no han perdido el contacto. En ese lapso, las tres abandonaron la localidad, volvieron a casarse con maridos conseguidos gracias a sus poderes mágicos y las tres acabaron enviudando. Superaron el dolor y la soledad como algunas mujeres privilegiadas afrontan esa situación: viajando a otros países, como Canadá, Egipto y China. Hasta que decidieron regresar a Eastwick a pasar el verano. El pueblo en el que sucumbieron al influjo del seductor Darryl Van Horne, y en el que cometieron algo más que pequeños desaguisados, sigue envuelto en un halo mágico. Aunque Darryl ya no está, y los antiguos amantes de las tres han envejecido o muerto, siguen muy presentes las consecuencias de sus maleficios.

Un libro de Bech
Tras una novela de éxito, la carrera de Henry Bech, escritor norteamericano entrado en la cuarentena, comienza a languidecer. Ahora, mediada la atribulada década de los años sesenta, para huir de la parálisis creativa, acepta participar en unos «intercambios culturales» promovidos por el Departamento de Estado que lo llevarán a Rusia, Rumania o Bulgaria, cuando el Telón todavía era de acero. Pero ni las bondades del deshielo soviético ni la sucesión de esperpénticos encuentros un choque de civilizaciones avant la lettre, con hilarantes confusiones por problemas de traducción o equívocos en los flirteos consiguen sacarlo de su embotamiento. Como tampoco le ayudarán mucho los incidentes que salpican su vida de vuelta a Occidente: desde una visita al Londres más chic de la década prodigiosa a unas conferencias en una universidad femenina del profundo Sur o los vaivenes sentimentales en su amada Nueva York.

Corre, Conejo
Parece ya muy antigua la leyenda del hombre que sale un día de casa a buscar tabaco y decide no volverParece ya muy antigua la leyenda del hombre que sale un día de casa a buscar tabaco y decide no volver. Pues bien, se remonta tan sólo a 1960, año en que, gracias a John Updike, el mundo conoció al inefable Harry «Conejo» Angstrom, cuyas peripecias empiezan a contarse aquí en el momento en que, sin razón aparente, abandona mujer e hijo, su modesta condición de vendedor de MagiPeels y el recuerdo de cuando fue un as del baloncesto. A partir de entonces, Conejo Angstrom seguirá su camino sin rumbo, a la vez esquivando y buscando quién sabe qué. Ni siquiera el lector más sabio podría decirlo, porque ¿quién alguna vez, obedeciendo a un «impulso inexplicable», no ha salido (o deseado salir) huyendo como un vulgar conejo antes que enfrentarse al mundo, o a sí mismo ? De ahí que este supuesto «hombre libre», como cualquiera de nosotros tal vez, caiga constante y torpemente atrapado en la enmarañada existencia con la que debe cargar inexsorablemente todo ser humano.

Brasil
Tristão Raposo es negro, tiene 19 años, chulea por la playa de Copacabana y va armado de una hoja de afeitar, atracando aquí y allá para capear el hambre. Isabel Leme es blanca, rica, acaba de salir de un colegio de monjas y tiene 18 años cuando Tristão, al verla pasar en biquini, piensa : «Esta muñeca está hecha para mí». Pese a la salvaje rapacidad de la pobreza, él parece casi sofisticado ; ella, hecha a «la lógica y el bienestar del poder», va pisando fuerte por la vida. Pero, en cuanto sus cuerpos se juntan, él verdugo y ella víctima, los dos intuyen ya que el desenlace de aquel asalto no será otro que una pasión sin límite. Inspirándose en la leyenda de Tristán e Isolda, Updike nos embarca en la extraordinaria odisea que, por las junglas de Brasil, tanto las de asfalto como las otras, emprende la pareja hacia los abismos del alma y de la miseria en su constante huida de los esbirros del padre de Isabel. Nada podrá detenerlos en un país donde lo mágico y lo real se confunden en simas a veces insondables?

Conejo es rico
De las peripecias del ya célebre y entrañable Harry «Conejo» Angstrom, que conforman en cuatro novelas el cuadro más completo de la «intrahistoria» reciente de Estados Unidos, sólo nos faltaba la penúltima, Conejo es rico, que cubre la década de los años setenta del pasado siglo y cuya publicación hemos ido postergando para dar paso a las obras más recientes de John Updike, que, a sus setenta años, está más imaginativo y sabio que nunca. Desde que Harry Angstrom, en Corre, Conejo (Andanzas 128 y Fábula 56), se largara de casa sin previo aviso, abandonando a Janice y a Nelson, han pasado veinte años, y diez desde los febriles acontecimientos descritos en El regreso de Conejo (Andanzas 179). Harry ha conseguido por fin disfrutar de una considerable prosperidad como jefe de ventas de Springer Motors, un concesionario de Toyota en Pennsylvania. En 1979, el Skylab describe su órbita triunfal, el precio de la gasolina sube vertiginosamente, el presidente de Estados Unidos sufre un colapso mientras corre una maratón, y una inflación en alza coincide con un momento de desaliento nacional. Sin embargo, Harry se encuentra en buena forma, dispuesto a disfrutar por fin de la vida... hasta que su hijo regresa del Oeste y reaparece un antiguo amor. Pese a todo, el incombustible Conejo seguirá buscando, a su excéntrica manera, el arco iris de la felicidad

Conejo en paz
Muchos conocen ya a Harry «Conejo» Angstrom, entrañable personaje dividido entre la libertad y la responsabilidad, el deseo de independencia y un anticuado sentido del deber, entre apremios sexuales y vagas especulaciones espirituales a sus 55 años muy avejentado, Conejo ya no hace más que jugar al golf y ver la televisión. Desde el infarto, le embarga un irremediable sentido de fatiga. Janice, la esposa desvalida, es ahora toda una mujer de negocios. Nelson, el hijo estafa y roba a sus padres para mantener su adicción a la cocaína. Conejo vive en el temor constante, obsesivo, de la muerte que, en efecto, parece rodearle por todas partes : muere su amante de un cáncer, muere de SIDA un empleado de la empresa, sus amigos caen presa de enfermedades o depresiones, y hasta la tele le acosa diariamente con noticias de desastres y guerras. A Conejo sólo le quedan ya un pasado nostálgico, sombrías especulaciones sobre el futuro y ser testigo pasivo y risible de hechos que él ya no controla.

Lo que queda por vivir
Lo que queda por vivir es esa etapa de la vida que, una vez superada la madurez, se abre por delante de todo ser humano en un momento crucial de su paso por el mundo. John Updike se aventura con humor y buen ánimo en ese tiempo y nos revela, a través de sus personajes, el íntimo placer de vivir, desde la perspectiva de la experiencia, el conocimiento y la distancia, los hechos más corrientes, desde las veleidades del amor y del sexo hasta la muerte de los padres o el nacimiento de los nietos. A medida que su propio fin se acerca, esos nuevos héroes cotidianos se adelantan a los acontecimientos como si todo lo presintieran con mágica fragilidad. La memoria aún vívida y la extraña percepción de las cosas lo recubren todo de una hermosa pátina y el pasado va adquiriendo cierta grandeza. Pese a que, como siempre, las parejas se peleen, los amantes se abandonen, los niños alboroten y los hogares estén ya marcados por la usura del tiempo, Updike crea un mundo donde la inocencia se empeña en subsistir y los refrescantes inicios parecen imponerse a las inevitables pérdidas.

La belleza de los lirios
A sus sesenta y seis años y con todos los premios literarios más importantes de Estados Unidos a sus espaldas, John Updike parece vivir como escritor su etapa más fructífera y más creativa. En pocos años él, tan parco en periodos anteriores de su dilatada y brillante vida literaria, nos ha sorprendido con dos novelas insólitas en el conjunto de su obra, Brasil (Andanzas 219) y ahora La belleza de los lirios, y, por si fuera poco, un espléndido libro de cuentos, Lo que queda por vivir (Andazas 309). Todo comienza en 1910, cuando Clarence Wilmot, un pastor presbiteriano de Nueva Jersey, pierde primero la fe y luego la cabeza por el cine, y se convierte en vendedor de enciclopedias. Con él empieza la saga de los Wilmot y sus querellas con Dios. Teddy, su hijo menor, si bien es consciente de que para ser un buen ciudadano norteamericano debe salir al mundo y competir, decide quedarse en su pequeña ciudad y casarse con Emily, joven metodista con una deformación en un pie. De este matrimonio nace Essie, para quien no existe la desilusión ni el miedo y que, convencida de su propia perfección, acaba en Hollywood, donde por un tiempo se convertirá en una pequeña diosa de la pantalla. Y es que, para Essie, Dios no es sino una benigna presencia celestial dedicada a satisfacer sus deseos. Pero ¿qué le espera a Clark, el hijo que Essie ha descuidado, cuando, desafiando a sus antepasados, cae en manos de una secta? Tal como escribe el crítico Michiko Kakutani en The New York Times: La belleza de los lirios es una «novela deslumbrante. [?] No sólo la más ambiciosa de Updike, sino tal vez la más bella. [?] Poblada de personajes de una vivacidad extraordinaria -soñadores, débiles, trepadores, chiflados y almas perdidas- [?] nos obliga a una nueva apreciación del "sueño americano"».

Terrorista
Ahmad ha nacido en New Prospect, una ciudad industrial venida a menos del área de Nueva York. Es hijo de una norteamericana de origen irlandés y de un estudiante egipcio que desapareció de sus vidas cuando tenía tres años. A los once, con el beneplácito de su madre, se convirtió al Islam y, siguiendo las enseñanzas de su rigorista imam, el Sheij Rashid, lo fue asumiendo como identidad y escudo frente a la sociedad decadente, materialista y hedonista que le rodeaba. Ahora, a los dieciocho, acuciado por los agobios y angustias sexuales y morales propios de un adolescente despierto, Ahmad se debate entre su conciencia religiosa, los consejos de Jack Levy ?el desencantado asesor escolar que ha sabido reconocer sus cualidades humanas e inteligencia?, y las insinuaciones cada vez más explícitas de implicación en actos terroristas de Rashid. Hasta que se encuentra al volante de una furgoneta cargada de explosivos camino de volar por los aires uno de los túneles de acceso a la Gran Manzana. Con una obra literaria impecable a sus espaldas, Updike asume el riesgo de abordar un tema tan delicado como la sociedad estadounidense inmediatamente posterior al 11 de Septiembre. Y lo hace desde el filo más escarpado del abismo: con su habitual mezcla de crueldad y empatía hacia sus personajes, se mete en la piel del «otro», de un adolescente árabe-americano que parece destinado a convertirse en un «mártir» inmisericorde, a cometer un acto espeluznante con la beatífica confianza del que se cree merecedor de un paraíso de huríes y miel.Y, en una vuelta de tuerca sólo al alcance de un genio, el autor escribe un thriller apasionante, que seduce al lector desde la primera página y lo retiene hasta la última, sin dejar de ser el Updike de siempre: lúcido, implacable, mordaz y, pese a todo, comprensivo con cuantos habitamos un mundo de certezas que se desmoronan ante nuestros ojos.

Bech ha vuelto
Nunca se fue, pero ahora ha vuelto. Si, en la primera entrega de sus desventuras, Henry Bech arrastraba su triste pero tambien cómica figura por los mortecinos países de la órbita sovietica, en esta, ya cumplidos los cincuenta y empezando a peinar canas, sus andanzas le llevan a impartir peregrinas conferencias sobre literatura en pintorescas capitales del Tercer Mundo, a promocionar su obra en televisiones australianas, a recorrer Tierra Santa y las Highlands escocesas con su esposa… Sí, con su esposa, porque el narcisista y rijoso Bech ha acabado casándose con Bea (una ex, hermana de otra ex) y se ha instalado con ella y sus tres hijos en unas afueras residenciales. Allí consigue completar por fin la novela en la que llevaba trabajando durante quince años de sequía creativa. E inesperadamente, da la campanada y su exito le devuelve al centro del mundillo literario. A lo mejor todo es vanidad, pero no hay mal que cien años dure.

Adiós a Bech
La apoteósica despedida de la trilogía compuesta por Un libro de Bech, Bech ha vuelto y Adiós a Bech.Envejecer, morir…Ley de vida, dicen. Pero la literatura tiene sus propias leyes, como bien sabe el escritor Henry Bech, que encara la recta final de la vida con el mismo desparpajo de siempre. En esta última entrega de sus desventuras, Bech visita la Praga de antes de la caída del Muro y atisba la peculiar complejidad de un mundo que muere y otro que nace; rememora un antiguo pleito con un representante de Hollywood que lo demanda por llamarle sanguijuela; se convierte en presidente de una apolillada institución cultural; emprende una cruzada contra los críticos que le han macerado a lo largo de los años…y se lía con su asesora informática, a la que triplica en edad, y, bien entrado en la setentena, cuando acaba de ser padre…le conceden el Nobel. Updike, con la inteligencia y el humor más afilados que nunca, apura la existencia de Henry Bech hasta la última gota de tinta. Esta jocosa celebración de la vida y de la literatura nos asoma a una consoladora intuición: tanto la una como la otra sólo deben tomarse relativamente en serio. Hasta siempre, Bech.

Mujeres
Owen Mackenzie vive un tranquilo retiro en la comunidad de Haskells Crossing, en Massachusetts, junto a Julia, su segunda mujer, y sin embargo no puede evitar volver los ojos hacia el pasado. Casado dos veces y padre de cuatro hijos, su empresa de informática le ha procurado una existencia confortable, pero los recuerdos le llevan a su infancia en el pueblecito semi rural de Willow, a su adolescencia y, sobre todo, a los habitantes de las pequeñas ciudades en las que ha vivido, en particular a las mujeres que siempre le han rodeado: madres, muchachas, esposas, amantes… Sin duda, ellas no sólo lo iniciaron y lo guiaron por la geografía del deseo, sino que tambien lo despojaron de toda inocencia. Aunque ya de niño Owen sintió que bajo la soleada superficie de lo cotidiano se abría un abismo, siempre tuvo la sensación de que vivía una existencia maravillosa: quizá la vida no haya sido ni una cosa ni la otra, sino algo así como un sueño imperfecto.

Corre, conejo
Parece ya muy antigua la leyenda del hombre que sale un día de casa a buscar tabaco y decide no volver. Pues bien, se remonta tan sólo a 1960, año en que, gracias a John Updike, el mundo conoció al inefable Harry «Conejo» Angstrom, cuyas peripecias empiezan a contarse aquí en el momento en que, sin razón aparente, abandona mujer e hijo, su modesta condición de vendedor de MagiPeels y el recuerdo de cuando fue un as del baloncesto. A partir de entonces, Conejo Angstrom seguirá su camino sin rumbo, a la vez esquivando y buscando quién sabe qué. Ni siquiera el lector más sabio podría decirlo, porque ¿quién alguna vez, obedeciendo a un «impulso inexplicable», no ha salido (o deseado salir) huyendo como un vulgar conejo antes que enfrentarse al mundo, o a sí mismo ? De ahí que este supuesto «hombre libre», como cualquiera de nosotros tal vez, caiga constante y torpemente atrapado en la enmarañada existencia con la que debe cargar inexsorablemente todo ser humano.
