Valero Marí
Sus libros

Vigilia en Cabo Sur
En la trayectoria de muchos poetas, hay libros que suponen la culminación de una voz, su expresión más depurada, y en los que, por el dominio de los recursos y la gravedad de los asuntos, adivinamos la entrada en la madurez de su autor. No creemos equivocarnos si afirmamos que así sucede con Camino de ronda, el tercer libro de poemas de José María Micó, que sin duda sorprenderá a los lectores que aún no conozcan a este joven pero consumado poeta. Dividido en cinco partes claramente delimitadas con series de siete poemas, Camino de ronda nos conduce en su recorrido íntimo al redescubrimiento de una naturaleza olvidada, el paisaje rural de la infancia, la presencia de los elementos y las vivencias más despojadas y auténticas de una vida sencilla, quizá perdida, pero aquí resucitada gracias a la magia de las palabras. Si la primera parte, «El aire en las afueras», nos presenta un mundo dominado por la presencia de laluz, el agua, la tierra, el fuego, el aire y la noche, la segunda, «Recinto amurallado», enmarca la vida y el trabajo de la tierra. Le sigue «Vuelta de correo», larga y serena epístola a un amigo en la ciudad, en la que se retoma el motivo del menosprecio de corte y alabanza de aldea. «Barrio las eras», por su parte, significa el reencuentro con la infancia y la recuperación de lo más auténtico, mientras que, finalmente, «Camposanto», cumple con el homenaje a los antepasados y la familia. Como en un trazado en espiral, el libro se acerca desde esos diferentes escenarios al misterio de un mundo perdido, que sabe recrear y dar vida mediante los ecos de palabras y versos de una belleza casi inédita.

Libro de los trazados
Cinco poemas largos y unitarios conforman este Libro de los trazados, cinco partes que, con una impecable estructura interna, dibujan magistralmente el trayecto de un aprendizaje y una aceptación, según esa «asombrosa capacidad de Vicente Valero», como dice Antonio Gamoneda, «para la conversión del pensamiento y el lenguaje discursivos en pensamiento y lenguaje poéticos». El libro se inicia con un ascenso solitario («La subida») por el bosque, entre acantilados, persiguiendo aprehender esa celebración interminable que es la primavera, su magisterio fértil, en una original –y paradójica– reinterpretación de la misma como estación última, como conquista final. «Taller de paisajistas», la segunda composición, ofrece, disfrazada de lecciones de pintura, toda una poética: cómo el arte consigue acceder a los secretos de la naturaleza, cómo puede rescatar también el poder sugestivo de sus luces y colores. El punto de inflexión se produce en la tercera parte del libro, «Curva en el camino del bosque», donde la injerencia del dolor y la muerte trastoca la visión de las cosas, ahora ya más inhóspitas, aunque siempre en los límites de un mismo paisaje, cuyo emocionado recorrido es también una forma de consuelo. En «Voces para una danza infinita», el refugio lo ofrece la identificación panteísta entre el alma y la naturaleza, esta vez representada por la noche y la lluvia. Mientras que es la última parte, «El río», la que le descubre al sujeto poético –a través de una corriente que es mero fluir inevitable, pura forma inaprensible– una aceptación, una sabiduría, entre la desolación y la promesa. Cinco trazados diferentes que nos invitan a celebrar la naturaleza, el arte, la vida.
