Vicente Pascual Pla Palmi
Natural de Valencia, profesor de EGB.
Es autor de las novelas:
Sin memoria
Tras la pista
Las conjuras
Desdén
Los señuelos
Las sombras del Hermitage
Sus libros

Desdén
Elvira y Janette viajaron a Santo Domingo buscando el descanso. Querían con sus dos amigos nativos disfrutar de la música de las bachatas y el merengue, su clima tropical junto con el sol y, como no, de aquel azul turquesa del mar Caribe. Aunque por circunstancias ajenas a ellas se vieron involucradas en una intriga familiar de corrupción que estaba oculta, plena de misterios, drogas, acción y asesinatos. A pesar de todos los riesgos y obstáculos, ambas pudieron descubrir el verdadero amor.

Las Conjuras
Finalizado el secuestro de Lucía narrado en la novela Tras la pista, continúa la saga con Las conjuras. Después de haber sido liberada por el Mosad de su secuestro en Jordania, la letrada Lucía Jiménez decide con su pareja, el juez de la Audiencia Nacional Juan Santaeulalia, realizar un viaje de placer con el fin de olvidar aquellos días tan críticos. Eligen Egipto como destino y lo que nunca pudieron sospechar es que en aquel idílico crucero por el Nilo se iban a ver involucrados en un complot de terrorismo y espolio de antigüedades. El carácter de Lucía le va a imposibilitar quedar al margen de las intrigas, lo que le lleva a iniciar una investigación para desenmascarar a los culpables. Para ello, manejando con destreza las argucias judiciales, consigue poner en jaque a los conspiradores. A cambio se verá envuelta en celadas, robos y asesinatos. “… El portón de la Nissan golpeó en su tope, cuando Adio y Lucía se recuperaron de la sorpresa y giraron su rostro hacia la luz se encontraron con una figura difusa por culpa del contraluz y no fue hasta pasado unos segundos que sus ojos fueron conscientes de lo que veían, la primera en reaccionar fue Lucía al gritar…”.

Los señuelos
Espontáneamente, la masa de gente se retiró, quedando tan solo Kaila y Dominique en el andén contemplando con estupor el cuerpo de Maroun tendido entre los raíles, por segundos se presentía la tragedia. Los gritos de angustia la obligaron a mirar el convoy, y cuando de nuevo bajó la vista a las vías, ya pasaba por delante la máquina chirriando sus frenos. Kaila quedó lívida, sus piernas no la sujetaban, temió desmayarse y caer al suelo sin sentido. Escuchaba la voz de Dominique, pero no conseguía entender lo que decía, los gritos iniciales de la gente se interrumpieron, y el silencio se apoderó del andén… Tendidos sobre aquellas sábanas impregnadas de la humedad de sus sudores, aún jadeando y con las respiraciones entrecortadas, mudos en elogios, pero henchidos de placer, se abrazaron hasta recuperar la cordura, el primero en hablar fue Maroun.
—Caray, vaya manera de sudar, Lucía.
Ella se giró y mirándole a la cara le rectificó…
