Desde finales del siglo XII hasta los umbrales del Renacimiento, una comprometida saga de judíos venidos de Oriente se asienta en la ciudad de Massalia, donde hallaron puerto... y peligro.
Echando allí sus raíces, sobrevivieron a la peste negra, las cruzadas y demás guerras santas y sus estragos, y al pogromo y su despreciable clima de afrentas, ocultando tras sus oficios respetables de apotecarios, galenos, prestamistas y líderes comunitarios su vera vocación. Movidos por un propósito secreto, un juramento que no podía pronunciarse, se dedicaban en cuerpo y alma a rescatar, reparar, traducir y copiar, aun a riesgo de sus vidas, los textos prohibidos que contuviesen entre sus páginas el sagrado nombre de Dios, antes de que el fuego inquisitorial, la inconsciencia humana, la incuria y el devenir del tiempo los devoren para siempre.
Entre sombras de intriga, persecuciones, la eterna esperanza, tinta y silencio, se teje la crónica de una familia que hizo de la fe su brújula y del riesgo su herencia, condensada en este retazo de la historia —su historia— y de la de quienes hicieron de la palabra escrita un refugio donde asentar su credo, y de la conservación de la memoria, un acto de resistencia. Una nación que puso su alma en la tinta y el pergamino que, a través de los siglos, resurge cada vez que la llama del saber y la fe se resiste a apagarse, incluso cuando los nombres que la sostuvieron hoy se desvanecen.
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