Encierra este poemario alusiones a la connatural tesitura de la humanidad: el amor y la muerte. Son ambos la fuerza que limita o engrandece al mundo. El Eros, figurilla que sonriente despierta, aluniza en cada ser; en unas ocasiones para reír y en otras, donde el llanto destroza el aliento del alma. Es el amor el canal, el río, la mar que contempla embelesado a la ética (razón) de su apremio. No exige, solo siente. Y en ese contemplar está la nobleza del sentimiento. No siempre ese altruismo es la fuente creadora del amor; a veces, esa filantropía se encierra en los cánones de un egoísmo obsesivo que maltrata, aterra. Pero este, mi poemario, no contempla esas incongruencias. En él vive el amor, el amor hacia el ingente lazo que nos une a los seres humanos y en el que el racismo se hiere y se ajusticia.
Thánatos, antítesis de ese Eros mayestático, pulsa su embrión al nacer: es la muerte. Siempre nos acompañará en nuestro correr por esos confines al arbitrio de nuestra naturaleza o destino. Concepto freudiano que representa la autodestrucción y en el que se abre una escenografía y actuación cargadas de duras pruebas, donde el hombre trasiega sin alcanzar, en general, sus objetivos; metas que lo deshumanizan y convierten en un despojo de su generación que tiene como contrapunto las guerras, las injusticias laborales, sociales o de razas. El entorno, sagaz elemento de la naturaleza, convive en este poemario con la lucidez de los momentos que nos han atrapado en ellos. Las calamidades naturales aúnan este panorama que, sin convocar a la muerte, refleja los hilos ancestrales que han creado al hombre como insustituible en este medio de raciocinio no casual.
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