Desde su novela El Reencuentro, muchos intuimos que aquellos dos personajes - el joven cabo primero y la muchacha con nombre de ausencia – no habían dicho aún su última palabra. Quedó flotando en el aire una escena, una mirada compartida al abrirse la puerta de un coche... bastó con eso para encender una llama que, aunque discreta, nunca se apagó. Esa chispa volvió a encenderse, en Celorio, ese rincón de Asturias donde el mar habla como un abuelo sabio y las tardes tienen sabor a historia. Fue allí donde Manuel, entre tardes largas y noches en vela, dejó que el corazón dictara lo que la pluma no podía olvidar. Así nació esta novela: “Hay miradas que nunca se olvidan”. Pero que nadie se equivoque; no estamos ante una simple historia de amor o de nostalgia. Estamos ante un retrato, crudo y a la vez tierno, de una realidad silenciada: la de los niños abandonados en las puertas de la Inclusa, las jóvenes expulsadas por la vergüenza impuesta, las heridas abiertas de un pasado que no siempre se atreve a contarse. Manuel lo hace. Y lo hace con valentía y compasión, sin dramatismos vacíos, pero con verdad. Con esa verdad que, como la buena literatura, incomoda, acaricia y transforma. Leer esta novela es asomarse a una época, sí, pero también a uno mismo. Porque todos, en algún rincón del alma, guardamos una mirada que no se olvida. Una promesa no dicha. Una emoción suspendida. Y Manuel ha sabido darle forma, vida y destino. Querido lector, estás a punto de entrar en un universo hecho de silencios que hablan, de gestos que perduran, de memorias que no piden permiso para volver. Y te aseguro una cosa: cuando cierres este libro, tú tampoco olvidarás esas miradas.
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