Cristabel, la menor de tres hijos, sumida en la magua por la felonía que sus hermanos infligieron a la memoria de sus padres, ninguneando la intención con la que redactaron el testamento, trocándolo en una herencia marcada por los celos, la codicia y la pusilanimidad, respondía a su pareja que solicitaba la aprobación de las compras que había realizado para disfrutar de la fiesta de Los Indianos:
«—¿No sé qué decirte? Me coges de improviso… No sé… Solo se me ocurre felicitarte por que has hecho una magnífica compra… ¿Cómo no me lo habías dicho? —Fue todo lo que se me ocurrió porque, aunque lo que veía me agradaba enormemente, lo que en realidad pretendía era mostrar el enfado que me había entrado de repente por no llevarme de compras, porque yo también quería encontrar una tienda donde poder adquirir el olvido, husmear entre los escaparates de los comercios con la vana esperanza de descubrir que tenían a la venta la paralipsis que me permitiera ignorar el execrable acto que mis hermanos habían cometido con la herencia de papá».
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