Este relato da un salto cualitativo cuando pasa de ser la crónica de un tribunal que juzga los motivos del suicida para llevar a cabo su propósito —y autorizarlo o no— a convertirse en una llamada a la lucha de las mujeres por alcanzar su libertad y unos derechos que les son negados desde hace siglos. El tribunal autorizará o no al suicida a tomar su última decisión en función de si es Víctima de soledad, abandono, acoso, violación, abusos, desprecio o fracasos, sin una mano en la que apoyarse para salir de su desesperación o depresión. La mayoría de las Víctimas son mujeres, a quienes, a todo lo anterior, se les suma la falta de libertad, el sometimiento, el miedo, la carencia de derechos, la ausencia de recursos económicos o de contactos, lo que conduce a que sean contempladas más como trofeos de conquista y caza que como seres humanos. Al percatarse de ello, el tribunal de los suicidas intentó transformarse en un tribunal justiciero; pero, finalmente, fue la semilla de la Segunda Guerra de los Cien Años.
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