Este cuento habla de tu casa y de la mía. Y de cualquier casa que sueñe con estar construida de algo más que ladrillos, materiales y diseños de última moda.
Es un grito a favor de un derecho vital, y un guiño a las personas —grandes y pequeñas, de lejos o de cerca, con nombre o anónimas— que son capaces de construir un hogar con solo su presencia.
Sobre todo, este cuento es un deseo y un agradecimiento.
El deseo de que cada ser humano pueda lograr un techo, por mucho que «los lobos» soplen y soplen.
Y el agradecimiento infinito a ese «gran pequeño» que un día llegó de un país muy, muy, muy lejano y se convirtió en mi hogar.
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