Amal lo tenía todo bajo control. O eso parecía. Cada día cumplía, rendía, respondía. Cada día sostenía una versión de sí mismo que no dejaba espacio para fallar. Hasta que algo dentro empezó a ceder. Cuando la presión se vuelve insoportable, Amal desaparece. Despierta en una ciudad extrañamente perfecta, donde todo funciona con una precisión inquietante: las personas, las rutinas, incluso las emociones parecen filtradas. Allí nada duele… pero tampoco nada es real del todo. Pronto descubre que ese lugar no es un refugio, sino un reflejo. Una proyección de todo lo que ha evitado enfrentar. En un clímax psicológico y épico, Amal aprende que no se trata de reparar lo que está roto… sino de sostenerlo sin dejar de ser.
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