A los cuarenta y seis años, Antonio Rodríguez vendió sus proyectos, dejó atrás una vida cómoda y se lanzó a la carretera con una sola certeza: cruzar América de norte a sur en una modesta Honda de 125 cc bautizada La Malinche.
Lo que comenzó como un impulso frente a un atlas y una copa de vino en Acapulco se convirtió en una odisea de tres años, veintitrés países y más de ochenta y seis mil kilómetros: desde los bosques helados de Fairbanks, Alaska, hasta los glaciares azules de la Patagonia; desde las islas flotantes del Titicaca hasta el Sambódromo vacío de Río de Janeiro.
Sin equipo de apoyo, sin presupuesto ilimitado, con una moto diseñada para el tráfico urbano, El Patagonio demostró que los límites son, con frecuencia, autopercibidos. Porque este libro no habla solo de kilómetros: habla de un hombre que perdió una vida y encontró otra, kilómetro a kilómetro, en la hospitalidad de cientos de desconocidos que abrieron su puerta sin pedir nada a cambio.
Yo domé a América es la prueba de que los sueños no requieren recursos extraordinarios. Solo voluntad extraordinaria.
«Al final, no es el destino lo que te cambia. Es el camino que tomas para llegar». El Patagonio
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