Miguel Ángel Aulestia Martinez
Sus libros

Conocimiento filosófico de Dios
La representación de un fractal (la portada) ya es un paradigma matemático de cómo a partir de fórmulas elementales se puede producir la imagen de lo extraordinariamente complejo y la belleza juntas. Este libro, el primero de una serie ya iniciada, algunos terminados y otros en borrador sigue este lineamiento básico sobre los límites y extensión increíble de la razón. La idea de Dios como síntesis suprema de lo simple y lo infinitamente complejo ha conseguido atraer la atención de un sinfín de filósofos y pensadores. Idea natural, ya que es una incógnita existencial hasta ahora no resuelta apropiadamente por la humanidad. Por otro lado, la muerte y la vida son materias que van juntas. Si queremos tomar en serio nuestro propio papel en este mundo, la respuesta, el abordaje, el punto de vista que tomemos sobre este tema crucial nos marcará para siempre. Para algunos está en juego la eternidad, para otros el desánimo o el sinsentido; pero creo que nunca la indiferencia. En fin, este tópico no nos puede dejar imperturbables, siempre despertará en la conciencia sentimientos muy variados, incluso contradictorios. El intelecto busca; pero, a veces, la razón no encuentra. Todas estas tribulaciones vivenciales se hallan resumidas en este libro que analiza un período del conocimiento de Dios, a través de pensadores clásicos reconocidos o religiosos de diversas orientaciones. Dios no es solamente una definición sin más; lleva aparejado, también, una conducta estrechamente relacionada con la ética que cualquier pensador no deja de recalcar o por lo menos insinuar. Por ello, este texto aborda estos dos componentes fundamentales, exponiendo la solución que cada uno aportó, en su momento histórico, al respecto.

Spinoza: su pensamiento
Contemplar una noche estrellada, el disfrute de un paisaje natural desbordante, observar un extraordinario acontecimiento telúrico, provoca en nuestro interior un sentimiento de maravilla, sobrecogimiento y respeto. El espíritu se estremece y probablemente aparecen preguntas que exigen respuestas; no hay indiferencia.
Ensoñaciones parecidas debieron surgir en la joven mente de Spinoza cuando se enfrentó a lo incomprensible de la vida y el universo. La majestuosidad de la naturaleza, y del mismo hombre que puede comprenderla, provocó en él
un desafío existencial. Su asombro y pleitesía se transformó inexorablemente en una auscultación razonada y profunda para encontrar lo divino. La divinidad, al parecer, está fuera de nosotros, pero somos productos directos de ella y formamos parte de esa naturaleza inefable. Spinoza dedicó toda su vida a responder a estas interrogantes. Encontró, además, un filón muy rico, nuestra propia naturaleza (conocimiento de sí mismo) como material de estudio primero de un conjunto más grande como es el conocimiento del Cosmos y Dios. Descubrió que las sensaciones de alegría y tristeza son emociones básicas y con ellas elaboró un detallado catálogo de los afectos humanos. El estudio de las emociones le permitió explicar el pensamiento moral tradicional, la ética y la religión. Nos enseña que el conocimiento puede ser una vía de contacto y encuentro seguro con lo divino y, que está al alcance de cualquiera que desee aceptar el reto. Más tarde, con esfuerzo denodado, se lanzó a descubrir un pensamiento religioso universal que una, que no disgregue; no quería crear religiones que separasen las almas. Recogió los espíritus integradores de Maimónides (judío), de Averroes (musulmán), de Tomas de Aquino (cristiano) y los fortaleció en la construcción de una filosofía religiosa única compartida, independientemente del credo que cada uno profese personalmente. Utilizando el método geométrico, con sus axiomas, sentencias y teoremas, concibió postulados que se aproximan a la ciencia actual, casi inobjetables; su razonamiento matemático aguzado y certero deja caer respuestas cristalinas a todas estas preguntas existenciales. Su lógica metafísica es impecable, deslumbra por su desarrollo pausado, pero enérgico llegando finalmente a lo más intrincado, la concepción de lo inexplicable: Dios.
