Rolando Rojo Redolés
Sus libros

La muerte de la condesa Prokofich
En «La muerte de la condesa Prokofich», Rojo nos entrega un relato sólido, bien estructurado, inteligente y rarísimo. El lector podría deducir que, además, de ser un narrador desenfadado, sin pelos en la lengua en la temática que aborda y, a la vez, altamente poético, capaz de una envidiable fluidez de ritmo, este escritor posee una imaginación delirante. Como en un baile de máscaras, en la novela, conviven especímenes humanos de diversas épocas y variada geografía: rusos blancos que escaparon de la revolución Bolchevique perdiéndolo todo «menos el orgullo»; exoficiales nazis que, por las tardes, sueñan aún con la invasión de Polonia o Checoslovaquia y rememoran los discursos de Führer; así como refugiados peruanos, bolivianos, uruguayos y, hasta, un chileno, Escobar, a quien ponen a cargo de la biblioteca. La institución es dirigida por un exgeneral boliviano quien, por las mañanas, «antes de que el ajetreo convierta al comedor en un mosaico de idiomas y desgarros asmáticos», se encierra en la oficina con su sirvienta indígena para una creativa sesión sexual. En esta estrafalaria «Torre de babel» se comete un asesinato, el de la nonagenaria condesa Prokofich, y la trama se desenvuelve según los cánones de una novela policial: homicidio, inspector, investigación, culpable. Todo esto, con una equilibrada dosis de humor negro.

El Bello Antonio
Sesenta y nueve mujeres, de entre dieciocho y cuarenta aos, vestidas de riguroso luto y con un clavel rojo en las manos, caminaron detrás del féretro que contena el cuerpo mutilado del Bello Antonio. Eran las viudas no oficiales del muerto, que después de tres semanas de intensa búsqueda, haba aparecido en una playita del ro, medio comido por las ratas y carcomido por efecto de alguna droga o veneno. Seis negros musculosos, con los torsos untados en aceite de lobo marino, descalzos y sin más vestimentas que un ceido tapa_rrabo púrpura, transportaban el cajón en los hombros forni_dos. Con pasos marciales de soldados turcos, recorrieron los doscientos metros de un sendero de gravilla adornado con rosas blancas. Subieron las treinta gradas de mármol que ante_cedan al palacio y depositaron la urna en la curea dorada, junto al fuego de una antorcha eterna. Extracto El bello Antonio
