Me disponía a recomponer el equipaje cuando una de las botas altas cayó al suelo, la cogí para colocarla en su sitio, y me sorprendió su peso, excesivo incluso para esas botas casi militares. Tanteé en su interior y, al sacar la guata, descubrí una pistola que, por su aspecto, parecía de las buenas, si es que alguna pistola es buena. Recordando las películas de la televisión, la abrí y, para mi horror, VI que tenía balas en el cargador. Asustada, la dejé con cuidado sobre la mesa mientras la gata, precavida, se escondía detrás del sofá.
Busqué en la otra bota, pensando en otra pistola o algo parecido, pero, envuelta en la guata, encontré lo que parecía un recipiente cilíndrico de cristal, sellado en ambos extremos por unos cierres dorados simulando una especie de coronas. En su interior había algo parecido a una esponja o gelatina de un color burdeos desvaído».
Carmen y la gata han vuelto en su mejor versión. En uno de sus viajes de trabajo, descubre una maleta abandonada en el aeropuerto de Madrid y, como no podía ser de otra manera, su curiosidad le lleva a rescatarla y llevarla a su piso.
A partir de ahí, todo se complica.
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