En este cuarto, y breve, libro de relatos--- y volviendo a recordar a la Duras, que nos hablaba de escritura, del texto---, yo confió todo el poder narrativo al mecanismo del desarrollo del mismo; abocado desde la apertura, en su comienzo, a sus distintas soluciones. Estos relatos, cuentos o textos, son abstracciones. En el espacio comprimido se resume el escueto paisaje; y las psicologías de los escasos y arquetípicos personajes están construidas con tres o cuatro pinceladas. Son los hechos y los actos los que mantienen la tensión dramática; desbocados, incluso irreflexivos, se suceden hasta la solución lógica o trágica. Este libro es un producto fragmentario, al contrario que el anterior. Tampoco hay inocentes ni culpables; como no culpable es, por axioma, el azar. Son desemejantes, tanto en el estilo --- inspirados en la narrativa fantástica, en el cine, sobre todo el negro, o en cuentos populares, y en algún que otro verso suelto---, como en la forma; otros; parecerán pecar de herméticos, pero habría que estar al tanto de las claves que en ellos mismos se facilitan. Disparidad, también, en la extensión y contrastes de asuntos. Y finalmente aclaro, que están concebidos para entretener un rato, “recreando atmosferas”, con el firme propósito de no aburrir. “Es peor aburrir que mentir”, decía Wilde... La fantasía y lo fantástico; la ironía y el humor; lo trágico y lo poético, en muchas ocasiones, aquí, van de la mano. Se incluyen seis miniaturas, más cercanas a la poesía, sin ser poemas en prosa, sino más bien impresiones emocionales.
“Para escribir necesito un paisaje, un hombre y una pasión” Miguel Delibes. “El lugar para mí ideal, es aquel en es más natural vivir como extranjeros” Mercedes Palmer.
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